LO QUE HACEN ALGUNOS POR NO IRSE A VIVIR A ZARAGOZA
Como reírse con algo que en realidad no tiene ni puta gracia. De algo que da para drama y el autor ha convertido en comedia. Sin sutilezas, el late motiv desenmascarado desde el principio entre carcajada y carcajada. Genial, el humor siempre ha sido uno de los instrumentos más eficaces para hacer crítica social, si no que se lo digan a Berlanga, a Chaplin o a Willy Wilder. El problema es que entre tanta risa esa crítica, que en principio es muy evidente, queda escondida en segundo plano y convierte en algo banal y secundario una cuestión que no es baladí y que tiene sumida a muchas familias en una situación desesperada. Como una fila de árboles que no nos dejan ver el bosque.
Porque la cuestión de los fondos buitre, la corrupción institucional que ha surgido a su alrededor, el encarecimiento de los alquileres, las dificultades de acceso a la vivienda, y lo más duro de todo, los desahucios de familias que pierden su hogar y sus lugares de trabajo para que unos pocos se enriquezcan, tal vez no debería ser tratado con tanta frivolidad. Me preocupa que muchos de los espectadores hayan salido de la sala acordándose más de los muchos y buenos chistes y situaciones cómicas que se dieron en la obra, que del motivo por el que un hombre desesperado tuvo que recurrir al secuestro para salvar su futuro y el los suyos.
Por otro lado, he de reconocerlo, la obra es muy divertida. Y el elenco tiene mucha culpa de ello. Con situaciones desternillantes que hicieron que la hora y media que dura se pasara en un santiamén y que la sensación que me llevé al salir del teatro fuera muy satisfactoria. El final feliz, por desgracia difícilmente repetible en el mundo real, siempre ayuda. Gusta que de vez en cuando, aunque sea una entelequia, los Pacos y Manolos del mundo venzan a ministros corruptos y a “pocholos” mal criados con alma de estafadores. Aunque para llegar a ello haya que haberse llevado un pelotazo de la policía en los huevos, haber estado a punto de tener que irse a vivir a Zaragoza con los suegros, y quedarse con tanto embrollo sin cenar lenguado.