Josep Maria Maestres dirige la adaptación de una de las comedias más emblemáticas del Siglo de Oro español: La dama boba, de Lope de Vega. Se trata de una propuesta escénica que sabe trasladar con humor los enredos amorosos entre Finea, la heredera de una gran fortuna y considerada como una dama boba a pesar de su notable ingenio; Nise, la hermana inteligente y recatada; Liseo, primer prometido de Finea, decepcionado por el comportamiento y falta de conocimiento de su futura prometida; y Laurencio, enamorado de Nise, aunque más tarde pretende a Finea por la herencia que va a recibir.
La obra ensalza el valor de la cultura y el conocimiento, por algo Lope escoge un título que hace honor a la supuesta falta de inteligencia de su protagonista. El mensaje de la obra plantea que el amor proporciona clarividencia; es decir, que actúa como una facultad capaz de ennoblecer el alma y despertar el deseo de la curiosidad. Sin embargo, en esta propuesta el amor no salva a Finea, sino que rompe con esa creencia preconcebida que los demás tienen de ella. Durante años, su padre, Otavio, su hermana y todo su alrededor le han hecho creer que es tosca, bruta y poco inteligente. No obstante, al final del tercer acto, Finea demuestra su astucia al burlarse de su propio padre cuando obedece la orden de encerrarse en el desván, donde están escondidos Laurencio y su criado, para evitar que ningún hombre la vea. De este modo, a pesar de las insistencias de su padre de dar a su hija en casamiento con Liseo, Finea consigue su objetivo y termina junto a Laurencio. Al mismo tiempo, su padre también logra su deseo de emparejar a sus dos hijas cuando Nise se empareja con Liseo.
Esta obra clásica nos permite llegar a una conclusión muy actual: cuando una persona cambia su entorno social, también cambia su forma de entender y ver el mundo. Finea es vista como una dama boba por quienes la rodean hasta que otros ojos, en este caso los de Laurencio, descubren su ingenio. Así, la mirada y los roles que los demás tienen de nosotros parece construir nuestra identidad. Sin embargo, es uno mismo, como Finea demuestra, quien conoce su realidad interior. Ella no cambia para mejorar, sino que se descubre a sí misma. Por tanto, la obra nos habla de no dar por hecho quienes creemos que somos, ya que como sujetos estamos en constante transformación.
En cuanto a la adaptación escénica, cabe destacar la interpretación de Carolina Rubio al ejecutar una Finea divertida y natural. Sobresale a nivel cómico la escena con el profesor en la que intenta aprender el abecedario y el tercer acto completo. También la música y el espacio sonoro que crea Alberto Granados, creando una atmósfera techno y que sirve para unir los entreactos y como transición entre las escenas. Tampoco hay que olvidar la ejecución del verso cuidada, precisa y de gran musicalidad que emplea el elenco asesorada por Pepa Pedroche.
Sin embargo, la escenografía, a pesar de ser funcional, lograba descontextualizarme mediante el uso de arcos y paredes de color pistacho sobre un fondo fucsia. Entiendo que la obra busca sacarte del relato agregando un punto de vista más exagerado y contemporáneo, pero considero que no termina de integrarse en la dramaturgia. De la misma forma, el vestuario mezclaba zapatillas deportivas con prendas no representativas del siglo XVI en el que se ambienta la obra. La música a pesar de ser un anacronismo en toda regla, al valerse del techno, va de la mano y dialoga con el relato a diferencia del vestuario y la escenografía.
En general, es un espectáculo que cualquier amante del teatro disfrutará al igual que aquellas personas que no acostumbran a ver montajes teatrales de verso. El elenco destaca por sus actuaciones con las que el público conecta y disfruta. En definitiva, esta adaptación es una buena propuesta para iniciarse a ver una de las maravillas de nuestra lengua: el verso.
