The princess World
No me toques el cuento parte de una idea sencilla pero muy fértil: ¿qué pasa con las princesas después del “felices para siempre”? ¿Qué ocurre cuando se apaga el cuento, se cierra el libro y dejamos de verlas como esos personajes perfectos que aprendimos a imaginar? La obra toma a Blancanieves, Cenicienta, Bella y Aurora y les devuelve algo que los cuentos tradicionales les habían quitado: la posibilidad de contar su propia historia.
Uno de los grandes aciertos está en una dramaturgia aguda, inteligente y cargada de ironía. La obra utiliza el humor para cuestionar, pero nunca deja de ser teatro: detrás de los chistes aparecen preguntas sobre los modelos de mujer, el amor romántico, la belleza, la pareja, las expectativas y todos esos ideales que aprendemos desde pequeños casi sin darnos cuenta. Las princesas ya no son figuras pasivas esperando ser rescatadas ni personajes definidos por su príncipe: se rebelan contra el relato que otros escribieron para ellas y empiezan a preguntarse qué quieren ser realmente.
La ironía funciona especialmente bien porque la obra no necesita abandonar el universo de los cuentos para cuestionarlo. Al contrario: juega con sus códigos, los exagera, los retuerce y los devuelve transformados. Hay algo muy interesante en ese contraste entre la estética reconocible de las princesas y lo que sucede cuando ellas empiezan a hablar sin filtros. El “cuento” conocido se convierte así en material para desmontar estereotipos y poner en evidencia cuánto de esos modelos sigue presente en nuestra manera de entender el amor, la feminidad y la felicidad.
Las cuatro protagonistas están muy bien construidas y, sobre todo, muy bien interpretadas. Cada princesa tiene una personalidad y una voz propia, y el trabajo conjunto de las cuatro sostiene buena parte del ritmo de la función. Hay química entre ellas, energía y una relación con el público que hace que la propuesta se sienta cercana. No son simplemente cuatro personajes puestos al servicio de un mensaje: tienen humor, contradicciones, conflictos y una identidad escénica muy marcada.
El ritmo es otro de los puntos fuertes. La función avanza con tiempos ágiles, alternando situaciones, diálogos, humor y momentos musicales sin dejar que la propuesta se estanque. La duración se siente bien aprovechada y la energía de las intérpretes contribuye a que el espectáculo avance con fluidez. Es una de esas obras en las que el tiempo pasa rápido porque siempre está ocurriendo algo.
Y quizá ahí esté uno de los mayores méritos de No me toques el cuento: consigue que la reflexión no pese. La obra plantea cuestiones bastante profundas, pero lo hace desde la comedia, la irreverencia y el juego.