Una historia que emociona sin artificios
Ayer tuve la oportunidad de asistir a una función previa de Querido Evan Hansen en el Teatro Rialto de Madrid y, quizás porque acudí sin conocer apenas el argumento, la experiencia me sorprendió todavía más. De esas veces en las que una entra al teatro sin expectativas concretas y sale profundamente conmovida.
La obra aborda una temática compleja, dolorosa y de absoluta actualidad, pero lo hace con una sensibilidad admirable. Lejos de buscar culpables fáciles o caer en excesos dramáticos, plantea situaciones humanas llenas de matices, invitando al espectador a reflexionar desde la comprensión y la empatía. Esa mirada delicada es, probablemente, una de sus mayores virtudes.
También conviene señalar que no estamos ante el típico musical de canciones alegres, números espectaculares o historias ligeras pensadas únicamente para entretener. Querido Evan Hansen propone algo diferente: una experiencia que invita a reflexionar, a mirar hacia dentro y a conectar con emociones. Hay momentos luminosos y divertidos, sí, pero el corazón de la obra está en lo que hace sentir.
Desde el punto de vista escénico, la propuesta resulta enormemente dinámica. Con un inteligente juego de carriles móviles, proyecciones, iluminación y cambios de espacio perfectamente integrados, la historia avanza de un lugar a otro sin necesidad de grandes transformaciones escénicas. Todo fluye con naturalidad, permitiendo que la atención permanezca siempre centrada en los personajes y en aquello que están viviendo.
La música desempeña un papel esencial. No es un simple acompañamiento, sino un elemento narrativo que amplifica emociones, pensamientos y conflictos. Junto con la iluminación y el diseño sonoro, consigue envolver al público en numerosos momentos y hacerlo partícipe de lo que sucede sobre el escenario.
Y si hay algo que merece una mención especial son las voces. Hacía mucho tiempo que no me encontraba con un reparto de este nivel vocal. Todos y cada uno de los intérpretes muestran una potencia, una calidad y, sobre todo, una dicción extraordinaria. La vocalización es tan clara que permite disfrutar plenamente de cada canción y de cada palabra, algo especialmente importante en una obra donde el texto tiene tanto peso emocional. Sinceramente, todos cantan de maravilla.
El protagonista sostiene buena parte del espectáculo con una interpretación sobresaliente. No solo impresiona cuando canta, sino también en los silencios, en las pausas, en la forma de moverse y, en ocasiones, precisamente en la ausencia de movimiento. Consigue transmitir vulnerabilidad, inseguridad, miedo y ternura con una naturalidad que hace que el personaje resulte absolutamente creíble. Es de esas interpretaciones en las que el actor desaparece para dejar paso únicamente al personaje.
Aunque la historia aborda asuntos difíciles, también tiene espacio para el humor. A lo largo de la función aparecen momentos ligeros y divertidos que alivian la tensión emocional y aportan equilibrio al conjunto. Esa combinación entre drama y comedia está medida con acierto y ayuda a que la obra resulte cercana y profundamente humana.
El vestuario, por su parte, encaja perfectamente con la personalidad de cada personaje. Sin estridencias ni excesos, contribuye a definirlos y refuerza la credibilidad de una historia tan actual. Todo parece cuidadosamente pensado para que nada distraiga de lo verdaderamente importante: las emociones de quienes están sobre el escenario.
Hay espectáculos que entretienen y otros que permanecen contigo mucho después de abandonar la sala. Querido Evan Hansen pertenece claramente a esta segunda categoría. Durante buena parte de la representación es inevitable sentir la piel de gallina y tener que hacer un pequeño esfuerzo para contener las lágrimas. La emoción aparece de forma constante, sin manipulación ni artificio, simplemente porque la historia y sus personajes consiguen llegar muy adentro.
Es definitiva, es una de esas obras que invitan a salir del teatro pensando en lo que acabamos de ver y sentir. Merece la pena acercarse a verla, dejarse sorprender y vivir una experiencia que va más allá del entretenimiento.