¡Que alguien tire al acuario ese teléfono!
¡Qué estrés, por Dios! Si la representación llega a durar diez minutos más estoy seguro de que a Antonio Molero le da un infarto. Espero que en el presupuesto de la obra entrara un desfibrilador. Una locura, de verdad. Si yo fuera el protagonista se lo habría reclamado a los inversores, o a los dueños del teatro, o mejor aún, le habría sugerido, no, sugerido no, exigido al productor que obligara al autor a cambiar algunas partes del texto, al menos suavizarlo un poco. Igual se habría ofendido, pero qué narices, para eso es una estrella de la televisión y tiene un estatus. Lo más que podría haber pasado es que todo se hubiese ido a la porra y que nunca hubiera llegado a estrenarse. ¿Podría haber ocurrido? Pues parece ser que sí, o al menos de eso va el argumento. Por suerte en esta ocasión no se ha dado el caso.
Habría sido una pena, porque la obra, aparte de su comicidad implícita y parece ser que inevitable en casi todo lo que se estrena actualmente, aporta una visión sobre las trabas y problemas con los que se puede encontrar un productor para conseguir llevar a buen puerto un proyecto teatral. Una mezcla caótica entre ¡Qué ruina de función! y Birdman, tratada desde el punto de vista del que lo organiza todo y consigue el dinero. Eso sí, en un solo acto y con un único intérprete, que lo borda, acompañado por la voz telefónica de su secretaria y por la presencia silenciosa de un pez sobrealimentado.
El arte lo primero, esa debería ser la premisa. Pero no nos engañemos, lo importante es el dinero, y nada se hace sin la intención, por mucho que se camufle, de ganarlo. Al menos cuando hablamos a esos niveles, el teatro amateur es otro mundo. Y en ese sentido tengo la sensación de que el autor del texto ha sido productor antes que escritor, o que es ambas cosas, es la explicación lógica que le encuentro al hecho de que sea a los dos únicos roles que salva mínimamente de una crítica poco sutil y de una quema moral de las que no se libra ni el apuntador. Igual Antonio Molero, de profesión actor al fin y al cabo, tiene que tener un par de palabras con el susodicho, que es eso de hacerle tirarse piedras sobre su propio tejado. Aunque, por otro lado, no está mal reírse de uno mismo de vez en cuando e interpretar al “enemigo”, sobre todo cuando se hace con tanto talento. Algo así como Chaplin haciendo de Hitler. Una lástima que la sala no estuviera llena, lo merecía, y se llenará en las próximas funciones, estoy convencido. Pero claro, es que casi a la misma hora jugaba el Atleti en Champions, estos de la UEFA no respetan nada.