Titanic, un espectáculo inmersivo para ahogarse de la risa
Rose y Jack contra el Imperio del Mar
Una PASADA en mayúsculas y con todas las letras. Y podría dejarlo aquí. Pero no me voy a resistir a añadir toda una retahíla de calificativos con los que todo el público que tuvo la suerte de presenciar junto a mí el espectáculo, incluso los que se pasaron más tiempo grabando con el móvil que disfrutando de la función sin necesidad de hacerlo a través de una mini cámara, estarían de acuerdo. Divertida, brillante, original, espectacular, vibrante, ocurrente, fastuosa, desternillante… En definitiva, genial.
Una fiesta. Eso es lo que fue. Una fiesta coreografiada por un elenco de cinco artista, artistazos mejor dicho, que voces, que todo, secundados por una servicial tripulación que ni la de Vacaciones en el mar, que lograron que los asistentes se sumergieran desde el minuto uno en un ambiente de alegría y entusiasmo que fue de mucho a mucho más culminando en un final apoteósico que ya lo quisiera la película original. Puestos a elegir, me quedo con esta versión cuasi cabaretera que con la del Titanic del “desalojado” de la tabla, problemas ya por entonces de espacio habitacional, Leonardo DiCaprio. Donde va a parar.
Música, muy bien elegida e incrustada, baile, risas, algún guiño a La Venganza de Don Mendo, ahí me ganaron, y mucha complicidad con un público que más que público éramos pasajeros en un barco que no se hundió en ningún momento y del que, a mí por lo menos, nos hubiera gustado no bajarnos. ¿Alguna pega? Aunque me encantan los Teatros Luchana, el espacio, el hall en concreto, tenía algunas zonas desde las que no se veía bien el espectáculo. A cambio, le terraza de la segunda planta, la barra del bar y el pequeño escenario cercano a la entrada dieron mucho juego y agilidad, simulando por momentos, alfombra roja incluida, un desfile de modelos. En conclusión, una experiencia inolvidable que no me importaría repetir y que todos deberíamos vivir. Vale.