Todas tenemos máscaras para el día a día. A veces nos convertimos en la vecina cotilla que se entera de todo sin salir del portal, otras en el profesional impecable que nadie diría que anoche no pegó ojo, y hasta «tengo una amiga que» se cree bailarina profesional en cuanto suena esa canción que le saca el corazón del pecho. Pues bien, todas esas caras y personajes que cada persona ha ido construyendo a lo largo de su vida no están ni de lejos a la altura de las mil caras que despliega Dídac Flores en Asesinato para dos, el musical de comedia y misterio firmado por Kellen Blair y Joe Kinosian que se representa en los Teatros Luchana. Bajo la dirección y adaptación de Zenón Recalde, la función convierte el clásico «quién lo hizo» al estilo Agatha Christie en una centrifugadora escénica de humor, música en directo y una energía que no decae ni un segundo de sus poco menos de dos horas de duración.

Imagen de ‘Asesinato para dos’ con Dídac Flores y Mikel Herzog JR.
Confieso que llegaba con ganas. Después de varias recomendaciones y del reguero de premios que la obra ha ido cosechando, tenía verdadera curiosidad por comprobar en directo si tanto entusiasmo estaba justificado.
Lo primero que golpea al espectador es el pulso vertiginoso de la puesta en escena. La premisa es sencilla sobre el papel: el oficial Marcus Moscowitz sueña con convertirse en detective y una noche se le presenta la oportunidad cuando el novelista Arthur Whitney aparece asesinado en su propio salón, con doce sospechosos. La búsqueda por encontrar al asesino se transforma en una carrera de obstáculos verbal, musical y física que exige al público estar tan atento como el propio protagonista para no perderse ningún giro.
Si hay un nombre que sostiene sobre sus hombros ese frenetismo, ese es el de Dídac Flores. Encarnar a doce sospechosos distintos (la viuda, la sobrina, los vecinos, la bailarina, el psicólogo, el bombero entre otros) no es solo un ejercicio de memoria o de vestuario; es un despliegue de registros vocales, corporales y emocionales que se suceden en cuestión de segundos, sin apenas caracterización de por medio y sin margen de error. Cada cambio de personaje exige no solo una voz distinta, sino una forma de moverse, de mirar, de respirar que sea reconocible al instante para el público, y Flores lo resuelve con una limpieza que roza lo circense.
A esa exigencia interpretativa se suma la musical: Flores canta y toca el piano en directo mientras sostiene la comedia, lo que multiplica la dificultad técnica de un trabajo que ya de por sí sería agotador solo con la interpretación actoral. Es precisamente esa acumulación de disciplinas que se despliega en este espectáculo lo que quizá explique que el montaje tenga tan buena acogida.
El reconocimiento a esta pequeña gran producción no se ha quedado en anécdota. Asesinato para dos ha sido premiada como mejor musical de pequeño formato en los Premios del Público BroadwayWorld Spain, y ha sumado galardones propios en los PremiOFF y en los Premios Teatro Musical, incluyendo el de mejor interpretación destacada masculina para Dídac Flores. Pero quizá el dato que mejor resume su magnitud es su presencia entre los finalistas al Premio Godot a Mejor Obra de Teatro Musical, compartiendo nominación con dos titanes de la cartelera internacional como Los Miserables y The Book of Mormon. El hecho de que una producción de aforo reducido, con solo dos intérpretes y un piano, compita de tú a tú con dos de los musicales más grandes y taquilleros del planeta dice mucho de la calidad artesanal que hay detrás de esta puesta en escena.
Más allá de los premios, lo que distingue a Asesinato para dos es su apuesta radical por algo que solo el teatro puede ofrecer: la imaginación compartida entre escenario y butaca. Sin apenas atrezzo ni cambios de vestuario, la obra construye a sus doce sospechosos a partir de recursos mínimos (una libreta que hace las veces de mano, un sombrero, un simple giro de muñeca) y, sobre todo, a partir de la variación del tono de voz y la postura corporal. Es el espectador quien, con esos estímulos mínimos, termina de dibujar mentalmente a cada personaje, en un ejercicio de complicidad que recuerda a la esencia más primigenia del hecho teatral.
Todo lo anterior ya sería difícil de sostener con el reparto original noche tras noche. Pero cuando uno de los dos únicos actores sobre el escenario falta, la dificultad se multiplica: no hay coro, no hay figurantes, no hay margen para diluir un fallo. En el pase al que asistí, el papel del inspector Marcus Moscowitz (habitualmente a cargo de Mikel Herzog Jr.) fue asumido por Nicolás Sans, conocido en el mundo escénico como Nico Sans. Sustituir en una producción de estas características no es solo aprenderse un texto: implica entrar en una coreografía musical construida a dúo, encajar los arreglos al piano tocados en tiempo real junto al compañero de reparto, y sostener el diálogo a «mil bandas» que da sentido a toda la función. Nico Sans superó esa prueba con una solvencia notable, manteniendo el pulso cómico de la obra y sin que el engranaje musical, tan delicado en este montaje, se resintiera. Toda una proeza digna de destacar.
El frenetismo de su puesta en escena, la versatilidad de los actores y esa apelación tan genuinamente teatral a la imaginación del espectador son la mejor demostración de que el talento y el oficio, cuando se combinan bien, no necesitan grandes producciones para dejar huella.
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