El mismo espejo

José Padilla
Demos una oportunidad creadores y público a unas obras que beben, transmiten y viven el mismo deseo que cualquier otra. // Foto: Jovis Aloor (Unsplash)

Demos una oportunidad creadores y público a unas obras que beben, transmiten y viven el mismo deseo que cualquier otra. // Foto: Jovis Aloor (Unsplash)

Un requisito que solicitan a las compañías algunos teatros o festivales con el fin de ordenar sus programaciones es que se les indique el corte de edad en el que los responsables de un espectáculo creen que se enmarca su propuesta; algo que no debería ser más difícil de cumplimentar que contar el argumento de la obra o el número de actrices y actores que estarán sobre el escenario. Sin embargo, me causa temor el rellenar esta casilla. Por búsqueda y circunstancias tengo la enorme fortuna desde hace tiempo de poder escribir teatro para espectadores que tengan 14 años o más (hasta 99, aunque también son bienvenidos los centenarios). Esa definición de mi teatro no es cualquier cosa, me ha invitado a observar con detenimiento realidades que o se le escapan a la memoria o, mucho peor, son objeto de una indiferencia brutal por parte de los adultos.

El motivo de mi temor a rellenar el espacio en blanco de la edad no es baladí. Como adultos y espectadores tendemos a huir de aquellas obras que van dirigidas a un público joven; puede, no lo sé a ciencia cierta, que la precaución excesiva con la que miramos a esas propuestas no estén exentas de lógica,  el considerar el teatro para jóvenes como una forma escénica menor quizá derive de un legado de condescendencia por parte de los que nos dedicamos a las artes escénicas larvado a través de los años. Cuando algo poseía la denominación de “juvenil”, o desprendía un tufillo melifluo y dulcificador o directamente miraba por encima del hombro a su público, nada que el espectador habitual de teatro desee cuando paga una entrada. De ahí vienen mis miedos: si alguien ve en un díptico de una programación “A partir de 14 años”, interpretará casi irremediablemente que ese teatro no está pensado para ser visto y disfrutado por adultos, clavando un estigma difícil de borrar para creadores y creadoras… pero también para el público.

Por fortuna, la cartelera se nutre poco a poco y cada vez en mayor cantidad de obras de una calidad indiscutible y que, si bien están siendo vistas por todo tipo de audiencias, tienen su origen y objetivo en el público juvenil. ¿Dónde está escrito que una misma función no la puedan disfrutar una persona de 16 y otra de 57? Lo único que impediría esto es que alguna de esas dos personas, la joven o la no tanto, no acudiera a ocupar su butaca. Claro está que si miramos con condescendencia a alguien ese alguien sentirá rechazo, y en demasiadas ocasiones esta mirada sobrada se ha cernido en los jóvenes; es hora de que compartamos horizontes, los que hacemos teatro y los que vienen a verlo. Demos una oportunidad creadores y público a unas obras que beben, transmiten y viven el mismo deseo que cualquier otra: brindar la ocasión de estar en una sala en compañía de otra gente que posee una experiencia vital muy distinta a la tuya y, aun así, verse reconocidos en un mismo espejo.

Un artículo de José Padilla con motivo del Día Mundial del Teatro 2022.

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