
De izquierda a derecha: Eusebio Calonge, Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez y Enrique Bustos.
«Zaranda», criba y cedazo de metal, dos objetos que se emplean para colar o separar lo inservible. Con una poética teatral asentada en el denominado Teatro de la Resurrección, cuya esencia descansa en la renuncia y el despojamiento, el teatro de La Zaranda es siempre entendido como misterio, riesgo y ofrenda a las voces silenciadas, a la memoria. Sin duda la elección el nombre de la compañía no pudo ser más precisa, puesto que su concepción escénica está íntimamente relacionada con las dos acepciones del término lingüístico.
La compañía jerezana La Zaranda es una de las más internacionales e inclasificables de la escena por su estética rabiosamente contemporánea y a la vez muy enraizada en la tradición cultural española. Desde sus orígenes, ha logrado construir y desarrollar un lenguaje teatral propio y diferenciador que concibe que el teatro es obediencia y que empieza en el silencio más profundo porque nace en el alma y va al alma; el teatro tiene que lograr llevar al hombre a ese silencio, puesto que solo allí es posible la reflexión. Su mirada escénica refleja la mezcla de dolor, alegría y ritualidad inherentes a su visión del mundo.
Los miembros iniciales de la compañía, que procedían de diferentes experiencias del teatro independiente, fundan en 1978, en Jerez, La Zaranda, Compañía Inestable de Andalucía La Baja que, a partir de 2008, pasará a denominarse Teatro Inestable de Ninguna Parte.
Con riguroso espíritu de creación colectiva, la compañía vivirá un cambio decisivo a finales de los años 80 y comienzos de la década de los 90 con la incorporación del dramaturgo Eusebio Calonge. Otro punto de inflexión en su trayectoria será el fallecimiento en 2013 de Juan Sánchez (o Juan de La Zaranda), primer dramaturgo y miembro fundador del grupo.
Su particular poética teatral se asienta en un proceso creativo colectivo que surge de sus propias necesidades interiores, donde el texto dramático es solo el punto de partida de un camino en constante transformación que se inicia en su sala de ensayo, «La Nave», o como ellos la denominan «La Capilla». Su visión litúrgica envuelve por completo el hecho teatral, y así en el público fiel a La Zaranda no causa extrañeza que los intérpretes no salgan a saludar al término de la representación.
Con un total de 24 espectáculos estrenados hasta la fecha, son incontables los festivales en los que La Zaranda ha estado presente en Europa, África y América desde hace medio siglo, así como los numerosos premios y reconocimientos recibidos a lo largo de cinco décadas, entre los que cabe destacar el Premio Nacional de Teatro que el Ministerio de Cultura les otorgó en 2010.
La Zaranda: El Teatro de la Resurrección o la búsqueda incesante de la esperanza
La Zaranda ha creado y creído siempre en un teatro que duele con un humor que nace desde el dolor. Esta es la esencia poética del Teatro de la Resurrección. «El teatro bueno no gusta, el teatro bueno duele; la vida es un dolor, un dolor alegre. El arte te da ese sentimiento de vida; la belleza es vida, es verdad y la verdad nos hace libres», afirma el actor, director y fundador de La Zaranda Francisco Sánchez, conocido como Paco de La Zaranda (concretamente en su labor de dirección).
El dolor y el riesgo para asomarse y enfrentarse de manera constante al abismo de la vida han marcado la carrera de la compañía en el último medio siglo. «Todo ser humano tiene el dolor pleno de existir, el dolor de nacer, la caída en el tiempo. Creo que asomarte al optimismo de la muerte, a la pérdida de seres queridos siempre deja un calado que te motiva. Por otro lado, el riesgo es intentar llegar a ti porque intentar expresarte siempre es un riesgo. Y eso va a desarrollar una poética que siempre va a estar en confrontación con el poder, con el tiempo que se está buscando», confiesa el dramaturgo Eusebio Calonge.

Imagen del espectáculo ‘Ahora todo es noche’ (2017), una obra que la compañía consideró como un epitafio.
La historia de La Zaranda es la de una continua búsqueda; una indagación que implica una renuncia y un despojamiento para alcanzar la transparencia, la esencialidad y la desnudez.
Ante todo, y pese a todo, en el teatro de La Zaranda siempre hay un lugar para la esperanza. «No creo que se pueda vivir sin esperanza. Hay quien pueda tener la esperanza de que no haya esperanza, pero es tener esperanza en que no haya esperanza. A veces pienso que el mayor creyente del mundo es el ateo. Es tan ateo que tiene la esperanza de que no hay nada. La esperanza es lo que fuimos y a lo que volvemos. A un mundo que no espera, ¿qué le espera? El tema de la esperanza en Zaranda nace de la necesidad nuestra. El teatro que hacemos o es un teatro lleno de esperanza o no lo podríamos haber hecho», expone Paco de La Zaranda.
La Zaranda: Un teatro presente que abraza el fracaso
Si en nuestro presente que una compañía de teatro atesore cinco décadas de existencia puede considerarse un auténtico ejercicio de resistencia, para La Zaranda su permanencia no tiene que ver con el sentido estricto de aguantar, sino que está estrechamente ligada a la idea de avanzar. No hay espacio para el conformismo, la única opción es pasar al ataque.
Desde esta creencia, la compañía ha centrado parte de su trabajo en los últimos años en la formación con un compromiso actuante de atacar la realidad existente, de ir siempre hacia adelante. «El teatro es algo vivo. Más allá de que el fracaso creo que es lo más bonito que tiene el teatro. No hay que tener miedo a ningún fracaso. El teatro no tiene miedo y, sobre todo, no tiene miedo al miedo de hacerlo. La gente se acobarda y lo único que pretende es que alguien venga a contratarte para la próxima función que va a ser un éxito arrollador. El teatro tiene sus propios caminos y el hombre necesita encontrarse. Te puedes equivocar y puedes fracasar; ahí está la grandeza del teatro. El arte, el ser humano, estamos abocados al fracaso. El fracaso es nuestro éxito. Fracasa más, fracasa mejor», asevera Paco de La Zaranda.
Esta perspectiva contrasta frontalmente con la existente y ansiada pretensión del denominado teatro comercial que aspira a encontrar y reducir el teatro a una fórmula cuyo objetivo primero, y a veces único, es el éxito. «Lo que no se puede es en un despacho crear un trabajo para un éxito porque eso no es teatro», declara Paco de La Zaranda. Una afirmación que matiza Calonge: «Crear una fórmula comercial pura y dura, y muchas veces de distracción. ¿Cómo puedes encerrar el teatro en una receta de éxito? Eso sería una perversión. El arte nunca es éxito».
Fieles a una manera inimitable de entender el teatro que debe estar siempre irremediablemente enraizada y conectada con el presente, con nuestro presente, La Zaranda establece una sutil y necesaria distinción, que deja una significativa impronta en su hacer teatral, entre el futuro que preparamos y el porvenir que viene, el cual ya no depende de nosotros, ya no es el nuestro. Precisamente es ahí donde se crean las grandes incógnitas del hombre.

Imagen del espectáculo ‘El desguace de las musas’ (2019), una reflexión burlesca sobre el concepto de fama.
Esto pone de manifiesto la que ha llegado a convertirse en la verdadera tragedia del hombre contemporáneo: la ausencia de preguntas. «Pensamos mucho en conquistar el futuro. Y no es eso. El porvenir tira de nosotros hacia donde nos quiere llevar. Para mí eso es lo importante. Ahí establecería una gran diferencia entre la esperanza, que yo la puedo perder, hay veces que no la tengo en absoluto, pero luego está la fe, que es otro término que ya no depende de mí. Y el futuro es también revelación. No es lo que yo quiero hacer, el porvenir es algo que necesariamente tira de ti, porque si no las preguntas van a salir muchas veces ya muertas de por sí», explica Calonge.
Quizás la tragedia contemporánea no se encuentra tanto en la falta de interrogantes como en la ansiedad, enfermedad corrosiva y devoradora del hoy, que nos consume y paraliza en su anticipación. «Ahora buscamos una solución y decimos “¿qué tenemos para el futuro?” Y ahí se nos abre un gran recetario según nuestra ideología, religiosidad, según muchas cosas. Ahí caemos en fórmulas muertas. Si la pregunta ya tiene una respuesta, no es ni siquiera una pregunta, porque ya está la solución. La pregunta abre nuevas incógnitas. Y el teatro está para eso, para sembrar esas incógnitas porque es misterio, y el misterio nunca tiene una solución. Lo importante es que no nos aniquilen; dejar de escuchar tanto rebuzno político y encontrar la poética. Si estás pendiente del ruido, y le pasa mucho a todos los artistas o pretendidos artistas, nunca vas a encontrar la música de tu tiempo. Hay que escuchar la música, no el ruido», afirma Calonge.
La Zaranda: Una poética teatral única comprometida con su tiempo
Desde su fundación, los espectáculos de La Zaranda han nacido a partir de todo el acervo que el ser humano va atesorando en su experiencia y que conforma su identidad: el flamenco, la fiesta del toro, la Semana Santa, el carnaval, las romerías, el vino, la mezcla entre dolor y alegría,… Sin embargo, esto no quiere decir que su teatro sea un estereotipo del andalucismo ni tampoco de lo español, sino que, por el contrario, surge de la búsqueda, en la que el instinto y la intuición tienen una importancia decisiva, y, por lo tanto, está despojado de tópicos y folklorismo.
Esta forma de hacer y ver el teatro antepone la inserción del juego de opuestos entre lo sagrado y lo profano, materializado en un espacio escénico vacío, desolador y muerto. De esta manera, se caracteriza por potenciar más el lenguaje físico, sonoro y plástico que la capacidad comunicativa de la palabra; todo en la escena está calculado, nada es superfluo; utilizan la interpretación, la iluminación y los objetos como una totalidad. «Llega un momento en que te das cuenta de que tu escenografía es el propio escenario y eso te hace prescindir del nivel de representación. Estás en el escenario. Realmente nuestra escenografía es un despojo absoluto y ahí es donde el teatro puede aparecer. A su vez, eso hace también que los elementos puedan ser protagónicos muchas veces», explica Calonge.
Su estética está muy próxima al cromatismo barroco y embebida, especialmente en las primeras décadas, de la identidad andaluza, en la que la impronta barroca está muy presente. Así, una de las manifestaciones más características de su producción es la Semana Santa, que reproduce el camino al calvario, que en sus espectáculos está en consonancia siempre con el derrumbe existencial de sus personajes, arropado por saetas y marchas sacras. Si bien es cierto que en las últimas producciones la música se ha enriquecido y han cobrado también importancia otras composiciones siempre simbólicas en relación con la temática tratada.

Imagen del espectáculo ‘El grito en el cielo’ (2014), un desgarro de lo humano frente a lo divino.
Resulta imprescindible señalar las referencias que se pueden encontrar a lo largo de su extensa trayectoria de los destacados directores y teóricos teatrales Artaud, Grotowski, Peter Brook, y, sobre todo, Tadeusz Kantor, así como de Samuel Beckett.
Pero lo más significativo de La Zaranda no son las influencias lógicas, sino inconscientes que hacen posible apreciar la tradición filosófica y estética del arte español (Calderón de la Barca, la pintura tenebrista barroca, la poesía y musicalidad de las obras de Federico García Lorca o el mundo esperpéntico y grotesco de Valle-Inclán) y la confrontación de contrarios que se materializa a través de la mitificación y ritualidad de lo popular.
«Cuando empiezas a crear todo es nuevo para ti y eso es la tradición. No te estás basando en el pasado, la tradición no es el pasado, la tradición viene a ti sin que tú lo sepas y se posa en ese momento que tú estás removiendo, escarbando en el escenario donde te vas a encontrar lo que otros han dejado. Esa es la tradición y es la columna vertebral de todo arte. Hay mucha gente que se piensa que son rupturistas con la tradición y verdaderamente son los más tradicionales, de alguna manera, en el hecho de que están haciendo algo vivo», confiesa Calonge.
Todos los Ángeles Alzaron el Vuelo: una elegía y un viaje poético a la periferia de la vida
«La vida no es más que una sombra que camina, un pobre actor que se pavonea y se agita durante una hora en el escenario, y luego no se le oye más. Es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada».
(Fragmento de Macbeth, Acto V, Escena V, William Shakespeare)
Todos los Ángeles Alzaron el Vuelo, el nuevo espectáculo de La Zaranda que se puede ver hasta el 25 de enero en Nave 10 Matadero, ofrece una bella y doliente mirada a los márgenes de nuestra sociedad presente. La compañía jerezana nos muestra a unos ángeles que son desechos de la sociedad contemporánea.
De nuevo, La Zaranda enfrenta al público con el reflejo en el espejo de nuestro puro presente. «¿A qué renuncia cada uno? ¿Cómo se prostituye cada uno hacia lo que te toca? Porque todo el mundo tenemos que renunciar y todo el mundo vamos dejando capas de dignidad muchas veces. Aquí ya el héroe ha desaparecido hace tiempo; todos tenemos que renunciar a muchas cosas y todos nos vamos prostituyendo de alguna manera. Hay gente que lo hace con el cuerpo, hay gente que lo hace con el espíritu, hay gente que, bueno, lo hace dejando todas sus ilusiones en el camino. Qué soy yo dentro de también aniquilarme como ser humano», expone Calonge.
Una obra contra su tiempo y contra el tiempo donde, a pesar de la certeza del destino, el amor sigue latiendo y la esperanza se abre paso. Una propuesta escénica que va más allá de la denuncia social; nos enfrenta al sentido trágico de la vida para buscar más allá de la muerte, la luz y la salvación.
Todos los Ángeles Alzaron el Vuelo habla de drogas, de dependencia, de todo aquello que nos anula en cuanto que nos deja de doler la existencia de los otros, en cuanto que dejan de interesarnos los problemas de quienes nos rodean. «El teatro siempre es espejo y lógicamente no hay que quedarse en esos personajes, sino trascenderlos con nuestra propia persona», afirma Calonge.
El espectáculo se adentra en el territorio más hostil de lo cotidiano desde la tradición picaresca, y lo hace con el característico y celebrado humor desolador y la profunda lectura social de la reconocida compañía. El montaje conjuga realidad y ficción, narración y teatro, abriendo una puerta a lo poético dentro de lo sórdido.

‘Todos los Ángeles Alzaron el Vuelo’ propone un viaje poético a la periferia de la vida.
Con una puesta en escena marcada por el cromatismo barroco, destaca la presencia mínima de objetos que son empleados con gran maestría y crean imágenes dolientes, bellas y, sobre todo, poéticas. «Un aspecto muy importante y muy inconsciente para nosotros es lo que llamaban los griegos latinos ese altar que estaba en el escenario. Nosotros casi siempre hemos girado en torno a ese punto estratégico del escenario porque ahí se daba esa verticalidad. Desde este punto todo va a avanzar, el coro se va a mover», explica Calonge.
Para la compañía ese punto clave en la obra es el somier, esa cama desvencijada que irá viajando, transformándose a lo largo de la representación, creando la historia. «En una cama, ahora ya sea de hospital o era antiguamente en tu casa, es donde se hacía el amor, donde se nacía y donde se moría. Es decir, era el hecho determinante de toda la gran escenografía humana. Y en esta obra todo está ahí condensado y además plegable a cómo estos personajes son nómadas dentro de su destino», confirma Calonge.
La transmutación en escena de unos libros viejos que más allá de libros materiales se convertirán en lápidas y en alas se erige como una de las imágenes más potentes y evocadoras de la obra, convertida en una metáfora sobre la propia existencia y el destino. «Todo está escrito. Tu destino está en esos libros. Y ese juego que hacemos con los libros explica toda la obra», asevera Calonge.
El espectáculo está impregnado de luminosas y potentes referencias. No es casualidad que el camello se llame Virgilio, como el autor de la Eneida y que sea el personaje que en la obra emprende una catábasis y se convierte en un guía para el público del periplo escénico al más puro estilo dantesco de La divina comedia.
Y como no citar a Ramonet, el único personaje todavía inocente, con claras reminiscencias dostoievksianas, quien citará de forma repetitiva uno de los más célebres fragmentos de Macbeth, de Shakespeare. Paco de La Zaranda ha construido uno de los personajes más extraordinarios de su carrera. «Es uno de los personajes más difíciles a los que se ha enfrentado porque tiene un polo muy humano y, al mismo tiempo, simbólicamente, es el que comunica el infierno con la vida. Ese Caronte», confiesa Calonge.

En esta obra la bailarina Ingrid Magrinyá y la actriz Natalia Martínez se suman al reparto estable de La Zaranda.
A este respecto, Paco de La Zaranda considera que «un personaje viene al escenario, tú le prestas todo y se va, pero a veces es muy desagradecido. Pero es bonito ese dar tu vida a que pueda aparecer alguien. Yo creo que eso le da sentido al teatro, al hecho teatral. La pregunta del teatro no es la que me hago interior, sino que es la suma de lo que nos preguntamos y de lo que nos preguntan».
La compañía vuelve a incorporar un reparto femenino con la bailarina Ingrid Magrinyá y la actriz Natalia Martínez, decisión que ya tomaron por primera vez a comienzos del nuevo milenio y que se ha ido repitiendo en distintos montajes de su producción. Además, a su lenguaje teatral propio se suma la fuerza y la arrebatadora expresión de la danza; dos disciplinas escénicas que comparten un elemento fundamental: el cuerpo. «Ellas tienen la valentía de trabajar con nosotros. Hemos tenido la suerte de no equivocarnos. Queríamos meter una energía nueva, pero sin que se pierda la esencia, y ellas han sabido captarla. Si no fuera por ellas, el trabajo caería», asegura Paco de La Zaranda.
Ambas han formado parte de cursos y formaciones que la compañía ha impartido: «Siempre en ellas ha habido el compromiso de actuación y de pertenecer. Y eso en estos tiempos es verdaderamente difícil, porque parece que hay un mundo representativo donde el actor está actuando siempre para las redes, para este tipo de cosas, y el escenario parece siempre un elemento residual, donde yo me voy a proyectar para que me vean y me vuelvan a contratar. Y aquí no: hay un compromiso actuante de que la obra verdaderamente es importante», explica Calonge.
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