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Miguel Mihura o reír por no llorar

16 mayo 2019
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No sabremos nunca cuánto hubo de supervivencia o de conformidad, de colaboracionismo o de pánico, de exilio interior o de baile con las sombras. Jamás sabremos si hicieron reír por ayudar a los vivos o por ayudar a los muertos; si trataban de olvidar o de olvidarse, de hacer reír a los fantasmas o burlarse de su propia condición de fantoches; habría que asomarse a su corazón para saber cuántos de ellos no fueron sencillamente tristes payasos (qué oficio tan difícil) en el circo tenebroso. Y quién se atreve a trazar el deslinde entre la mueca trágica y la carcajada…

Hablo de los escritores que hicieron reír en tiempos del franquismo. En este tiempo de trazo grueso, nos cuesta asumir las paradojas. Pero la vida está llena de ellas, y también de contradicciones, y sinsentidos, y fuerzas antagónicas en el mismo corazón. Y la biografía de cada uno de estos escritores — Edgar Neville, Enrique Jardiel Poncela, Tono (Antonio de Lara), José López Rubio y el propio Mihura—, exige una mirada atenta.  En algunos casos es mejor apartar la biografía, asumir que fueron míseros en tiempos míseros, aceptar que hombres y mujeres terribles nos han dejado obras espléndidas… y  lo contrario.

Mihura no tuvo que salir de casa para descubrir su vocación teatral, ya que Miguel Mihura Álvarez, el padre de nuestro dramaturgo, fue un popular actor, autor y empresario teatral. Al ver que su hijo se negaba a estudiar una carrera universitaria, logró enchufarlo en la contaduría del  Teatro Rey Alfonso. A la temprana muerte del padre, Mihura se desvivió en mil oficios y talentos, siendo el de dibujante el más destacado junto al del autor teatral.

Con la compañía de Pedro Zorrilla y luego la de Carlos Saldaña, Alady, aprendió Mihura los viajes a ninguna parte de nuestros cómicos y abonó el sustrato del que nacerían los personajes de muchas de sus obras y especialmente Tres sombreros de copa. De todo ello nos habla Julián Moreiro en su imprescindible Mihura: humor y melancolía, espléndida biografía del dramaturgo.

Tres sombreros de copa, el texto más aplaudido del dramaturgo, es la única obra que escribió antes de la dictadura. Lo hizo en apenas tres meses del año 1932, postrado en una cama tras haber intentado maniobras acrobáticas con un velocípedo. Tenía veintisiete años y el corazón hecho trizas por el desdén de una bailarina cántabra.

Se ha estudiado muy poco la influencia decisiva del teatro de Roger Vitrac en el teatro imposible y absurdo (contentémonos con las etiquetas) de autores como Lorca o Mihura. Están por llegar los estudios comparativos de obras como Víctor o los niños al poder y Los misterios del amor en Carlota, Tres sombreros de copa o Así que pasen cinco años y la Comedia sin título de Lorca.

Los empresarios de la época rechazaron esa extraña comedia que diseccionaba los convencionalismos de la época. Y es que gran parte del brillante teatro de Mihura expone, como ningún otro, el deseo de libertad y de poesía de ciudadanos achicados por la moral y la rutina. He ahí su inesperado conexión con Chéjov: una burguesía salvada y condenada por el peso de sus sueños.

Tuvieron que pasar dos décadas para que la obra fuera por fin estrenada. España era entonces tristemente otra. La obra es la excepción que confirma la regla. Porque fueron muchos los fracasos de Mihura como dramaturgo entre algún éxito sonadísimo. Quizá el más amargo fue el de cosechar ese éxito con un teatro en el que no creía, tal como escribió años después en la revista Primer Acto:

«Este estilo que yo tengo a una gran parte del público le resulta así como un poco raro, y como yo escribo para el público —puesto que de el vivo siempre—, me llevo unos malos ratos terribles cuando veo que la gente apenas entiende nada de lo que pasa en mis funciones y de lo que dicen mis personajes. (..)

Y comprenderían entonces esos críticos que a veces me reprochan seguir una línea que no es la mía, las razones que tengo para intentar hacer otro teatro más fácil. Creo honestamente que la señora o el caballero que pagan cuarenta pesetas por butaca tienen derecho a ser complacidos en sus gustos, a menos que esos sean repugnantes.»

El teatro de Mihura fue un teatro posible y posibilista, de soberbia arquitectura, querencia por lo policiaco y hallazgos cómicos inolvidables. Pero al leerlo o verlo representado, percibo siempre el anhelo de un teatro más libre. ¿Acaso el recurrente conflicto de sus personajes entre una vida ordenada y el vértigo de otra más poética no fue siempre el del propio dramaturgo?  Lo que escribió merece sin duda formar parte de nuestro repertorio habitual, vivificarse al calor de las puestas en escena contemporánea, ser habitado por mujeres y hombres más libres que aquellos que lo estrenaron y fueron sus primeros espectadores. Quien firma estas líneas siente especial predilección por ¡Sublime decisión!, que encara la desgracia del machismo con valentía inédita en su tiempo.

Con dirección de Natalia Menéndez, Tres sombreros de copa se estrena esta semana en el Centro Dramático Nacional. Como en el caso de Mihura, Natalia no tuvo que salir de casa para descubrir su vocación teatral. Su padre, Juanjo Menéndez, fue el primer Dionisio a las órdenes de Gustavo Pérez Puig en el estreno de la pieza.  Más de sesenta años después, su hija lleva a las tablas esta pieza excepcional, en la que bailan agarradas la risa y la melancolía.

Mihura dejó de escribir en 1968, casi una década antes de su muerte. Hay en sus mejores obras una risa que hunde sus raíces en el más profundo de los desencantos, ése de sentirse un extraño en la propia fiesta de cumpleaños. Qué difícil hacer reír en los tiempos más oscuros, brindar en el aire triste, doblar para siempre el pañuelo de la bohemia y  vencer para perderlo todo. Y reír, don Miguel, reír por no llorar.

Alberto Conejero / @alberconejero

Fotos MarcoGpunto

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