Mariano Llorente adapta y dirige la novela de Alejandro Sawa, Noche. No es casualidad que Eduardo Vasco haya decidido programar esta obra justo cuando vuelve al Teatro Español Luces de bohemia. El personaje de Max Estrella está basado en Alejandro Sawa, que fue un escritor bohemio que murió ciego, loco y rabioso. Como el protagonista de la obra de Valle-Inclán.
Leer a Sawa es subirse a la cuerda floja de miseria humana, y hacerlo sin red. Y la caída es dura, durísima. Sawa describe la sociedad sin filtros. Entre sus páginas las vergüenzas humanas no se pueden ocultar. Y dentro de estas vergüenzas, el escritor muestra un «rabioso anticlericalismo y fobia a las sotanas» (esto no lo digo yo, sino Joaquín Mayordomo aquí). Noche es un ejemplo de este anticlericalismo furioso.

Imagen de ‘Noche’, de Alejandro Sawa, dirigida por Mariano Llorente
Mariano Llorente adapta la obra de Sawa y mete en un bucle constante a los personajes. Un bucle insano y doloroso del que es imposible salir. Si los tres personajes ya están presos en una casa que es una cárcel, Llorente todavía echa más cadenas a esa reja, impidiendo que salgan de una habitación (Arturo Martín Burgos firma una escenografía opresiva y tenebrosa) y de un tiempo que se diluye y atrapa como lo hacen las imágenes de una videoescena abrumadora, creada por Emilio Valenzuela, acompañada por la delicada iluminación de Ion Aníbal. El vestuario de Almudena Rodríguez Huertas incide en la oscuridad, en la opresión (el vestuario de la madre recuerda a un corsé y a una armadura; el camisón de la hija parece una extensión de la sábana que la cubre y augura su futuro). Mariano Marín sumerge, con su composición musical, al espectador en un mundo monstruoso. Y el espacio sonoro de David Roldán (que lleva también la ayudantía de dirección), con esa cadencia de los rosarios y los rezos, también sobrecoge.
La grandeza de esta propuesta reside en el trío de actores que, durante hora y media, están en escena. Roser Pujol, que personifica a doña Dolores, la madre, consigue que su personaje sea como el «hierbajo seco» que ella misma define que es. Su presencia, cargada de tics, con la cabeza cabizbaja, con las manos siempre ocupadas y la mirada perdida, retrata a una generación de mujeres silenciadas por sus maridos, presas en sus casas, esclavas sexuales de sus apetencias. Y, sin embargo, Pujol logra que, por momentos, la ternura y el humor entren en el cuerpo de esa mujer maltratada.
Alberto Jiménez encarna al padre, don Francisco, y al cura, don Gregorio. Dos personajes que son cara y cruz de un mismo fanatismo religioso: el primero aboga por una supuesta moralidad y arrastra a su familia a una vida de oscuridad y encierro; el segundo… el segundo es un cura de la peor calaña. Un cura que Sawa retrató sin ambages y que Jiménez recrea sin miedos. La arrogancia, la inquina y la crueldad se resumen en la última sonrisa que el actor ofrece al público y que es estremecedora.
Àstrid Janer da vida a la hija, Paquita, una enferma de tuberculosis que ahora, a punto de morir, ve con claridad que sus padres han le maltratado a ella y a todos sus hermanos, y que su hermana fue repudiada injustamente. La actriz se sumerge en la vulnerabilidad para encarnar a una joven a punto de resquebrajarse y que, sin embargo, resiste y habla, y grita con lucidez. Su trabajo es preciso y precioso, y su locura es tan verdad que el espectador solo puede dejarse llevar allá donde ella vaya.
Noche es un espectáculo muy duro. Muy arduo. Muy exigente. Llorente no quita un ápice de crueldad a las palabras de Sawa, y en ocasiones es complicado mantenerse en esa ficción, por lo violento que resulta saber que esto es teatro, pero que ha sido la realidad de muchas casas en nuestro país, no hace tanto. Noche retrata a una sociedad enferma de catolicismo y lo hace para advertirnos: los fanatismos llevan a los hombres (sí, en masculino) a cometer atrocidades que sufren las personas (sí, en femenino). En este caso es la religión, pero el teatro, que siempre es advertencia, nos alerta. Y Noche llega hoy para alertarnos, para quitarnos vendas de los ojos, para obligarnos a ver esas partes oscuras que nadie quiere ver. Hay que ser muy valiente para hacer este espectáculo, y Llorente y su equipo lo son.
Consigue tus entradas aquí:
