La envidia es el destino más terrible
El caballero de Olmedo, obra de Lope de Vega estrenada en 1620, con la versión y dirección actual de Laila Ripoll plantea una analogía universal: nuestro presente no ha cambiado tanto respecto a nuestro pasado. El público de su época conocía el destino del protagonista: don Alonso morirá a manos de otros caballeros que lo envidian por su valentía, su honra y el amor correspondido de doña Inés. De este modo, el público a pesar del paso de los siglos sigue siendo cómplice de esta muerte anunciada.
A nivel actoral, todo el elenco destaca por sus interpretaciones. El trabajo de Eva Rufo como asesora de verso consigue dotar a la obra de un ritmo textual que impresiona. Arantxa Aranguren crea una Fabia, claramente inspirada en la Celestina de Fernando de Rojas, soberbia y con unos rasgos cómicos que contrastan con el final trágico de don Alonso. El caballero de Olmedo, interpretado por Víctor Sáinz, se aleja de una visión estereotipada de la hombría y se acerca a una concepción más actual de lo que es en realidad ser un hombre. También destaca Jorge Varandela en el papel de villano y antagonista al presentar a un personaje maquiavélico que es capaz de dar muerte por conseguir su cometido. Para Don Rodrigo el fin justifica los medios y lo demuestra en todo momento mediante sus malas intenciones, que a pesar de haber sido salvado por don Alonso, sigue queriendo darle muerte.
La obra consigue tener una atmósfera gótica, oscura y decadente, aunque durante la primera y la segunda jornada se mantiene un tono humorístico propio del género de la tragicomedia lopesca, hasta llegar a la tercera jornada en la que la tragedia y el destino fatal aparecen en escena de forma irremediable. Este trabajo se consigue de la mano de la escenografía de Arturo Martín Burgos, que mediante el recurso de una tela traslúcida consigue además enclaustrar a los personajes y crear transiciones fluidas. Además, las proyecciones interactúan con la tela creando juegos visuales, llenos de simbología mediante el uso de aves. Por ello, la videoescena de Álvaro Luna con la colaboración de Elvira Ruiz Zurita destaca con un lenguaje propio, que mediante la música original de Mariano Marín permite crear los espacios escénicos. Así, iluminación, escenografía, audiovisuales y música construyen conjuntamente el relato dramatúrgico del espectáculo.
Personalmente, el primer soliloquio de don Alonso, como esa especie de prólogo en la que se anuncia de forma explícita lo que va a ocurrir, creo que no suma a lo que posteriormente va a acontecer. Siento que es un recurso que está bien pensado, pero que en su ejecución podría comenzar sin la necesidad de realizarse. Mediante este monólogo inicial se pierde ese cambio progresivo en el que el espectador ve como la obra pasa de ser un cuento de hadas, en el que don Alonso y doña Inés se enamoran, a ese relato de terror en el que la envidia del ser humano, representada en don Rodrigo, está dispuesta a hacer cosas terribles.