Durante la guerra, varios hombres sanos fueron ingresados en el sanatorio psiquiátrico de San Miguel. ¿Por qué? Muchos años después, Garay, la directora del sanatorio, que ya lo era entonces recibirá la visita de la joven Benet, su discípula más brillante, y juntas harán frente a aquel enigma. De esta premisa, en apariencia sencilla, parte la obra El jardín quemado, del dramaturgo y director Juan Mayorga.
Escrita en 1997, sube a escena casi 30 años después bajo la dirección de su autor. En ella aparecen dos asuntos fundamentales de su teatro: por un lado, la memoria y su dificultad de juzgar el pasado. «El pasado -ha dicho Mayorga- es imprevisible, está no menos abierto que el futuro y laten en él preguntas que pueden poner en peligro el presente que se arriesga a observarlo». Por otro lado, la imaginación -y, con ella, el teatro- como vía de escape desde una realidad áspera, cruel, tal cual puede serlo la de los derrotados en una guerra.
El germen textual cuenta Mayorga que fue una noticia que leyó en los periódicos en marzo de 1995. Habían aparecido miles de informes médicos de ingreso del Hospital Psiquiátrico de Baleares en un mercadillo de Palma de Mallorca. Muchos de ellos correspondían a enfermos recluidos durante la guerra civil española y los años inmediatamente posteriores.
El jardín quemado es una hermosa y doliente reflexión sobre la dificultad de juzgar el pasado y de cómo la memoria puede llegar a convertirse en una auténtica amenaza moral. ¿Puede ser preferible vivir resguardados por una mentira que enfrentarse a un verdad irreparable y emocionalmente devastadora?
¿Qué diferencia hay entre un minuto y cuarenta años?, pregunta la doctora Garay en un momento de la función. La imaginación y su relación con la locura vertebran junto a la memoria el espectáculo. La prosa poética de Mayorga brilla y cuestiona con hondura e inteligencia las herramientas a las que frecuentemente solemos aferrarnos para comprender hechos pasados y buscar instaurar la que consideramos es la justicia. ¿Cuál es la verdad? Y lo que es más: ¿Podemos realmente juzgar decisiones tomadas en otro tiempo y bajo la mirada del presente? Este es el gran interrogante que atraviesa una propuesta escénica conmovedora.
Una vez más Mayorga nos convoca a pensarnos como seres humanos y a aceptar aprender que no siempre existe una única respuesta, ni realmente es posible encontrar la solución más conveniente a un hecho pasado desde nuestra situación presente. Si bien la distancia histórica otorga claridad resulta mucho más complicado ese distanciamiento de una manera estrictamente objetiva desde nuestra moralidad.
El texto presenta una complejidad muy precisa en la palabra, seña indiscutible del teatro de Mayorga, que demanda la atención activa del público en todo momento; el ritmo es ágil, no da tregua, de manera constante genera inquietud y curiosidad por seguir descubriendo más sobre estos misteriosos personajes y qué les llevó realmente a estar felizmente encerrados en ese jardín quemado. La elección del reparto es magnífica. Y también lo es la dirección. Adriana Ozores defiende con mucho aplomo su personaje de esa doctora adorada por sus enfermos que ve el final de su carrera advertida por la llegada de una joven pupila. Por su parte, Loreto Mauleón ha construido una Benet con decisión, pero también con la inocencia y el entusiasmo característicos de quien acaba de empezar su carrera profesional y siente una pulsión enorme por poder cumplir con el que considera su máximo cometido.
Las interacciones de las dos actrices son estupendas. Hay un gran trabajo gestual y de movimiento, de expresar mucho más de lo que se dice, o aún más, de lo que se infiere, y esto lo llevan a un nivel excelso los personajes masculinos. José Ramón Iglesias, Jesús Barranco, Mariano Llorente y Miguel Hermoso con su sola presencia llenan el escenario de significación. Sus acciones valen tanto por lo que dicen como por todo lo que callan o simplemente expresan con la mirada y su forma de moverse. Tanto en sus intervenciones individuales como en todo el conjunto, sus interpretaciones son sólidas y cautivadoras. Los cuatro atesoran una carrera profesional dilatada y lo demuestran con creces a través de su talento para crear unos personajes singulares cargados de matices.
La música tan cinematográfica crea una atmósfera de misterio preciosa, acompañada de una iluminación cautivadora de todo lo que sucede en escena. La escenografía es sobria e imponente, con ese gran muro que divide el mundo real del imaginado dentro del sanatorio y con ese jardín hecho cenizas que es espacio del juego del ajedrez, lugar de recreo de los perros, y sobre todo, cómplice de las vidas de cuántos allí vivieron y siguen todavía vivos.
Quizás lo más hermoso de visitar El jardín quemado es impregnarse del misterio que el mero hecho de vivir crea; caminar en el hoy sin cuestionar tanto las pisadas anteriores, especialmente aquellas que no dimos nosotros, y abrazar los interrogantes como la forma más clara de ser conscientes de nuestra existencia. Tic tac, tic tac, ¿cuánto tiempo más necesitaremos para ponernos en el punto de vista de la Historia?
