Farsa y licencia de la reina castiza
¡Pura farsa actual! Una joya de teatro esencial
Farsa y licencia de la reina castiza de Nao d’amores es una absoluta belleza de espectáculo de principio a fin. Qué delicia de ejercicio teatral artesano. Todo funciona como un reloj; cada elemento y todo lo que ocurre en escena está cargado de significado. La compañía segoviana ha vuelto a salir de su zona de confort, se ha vuelto a desafiar y, sin duda, se aprecia el riesgo y el coraje. El montaje es completamente distinto a lo que han hecho antes, pero sigue brillando el sello de Nao, un código escénico propio que entiende el teatro en su forma más fundamental, la que nos conecta con el rito y con la verdad escénica.
Valle-Inclán publicó por primera vez Farsa y licencia de la reina castiza en la revista La Pluma en 1920. En 1922 fue lanzada como libro y en 1926 formaría parte de la trilogía “Tablado de marionetas para la educación de príncipes”. Un título que supone toda una declaración de intenciones por parte del autor gallego.
Inspirada en hechos históricos reales (y no olvidemos que Valle siempre vio en la reina Isabel II a la usurpadora), en esta farsa de lectura profundamente política, que está considerada la antesala del esperpento, todos son muñecos, el escenario es un guiñol y la Corte es un conjunto de disparates goyescos. Una sátira feroz que está dominada por la caricatura de la realidad, por la burla de lo grotesco ya degradado, por la sátira y la deformación. No es que la farsa sea esperpento, sino todo lo contrario: el esperpento es farsa, puesto que está impregnado de crítica, humor y carnaval. Domina la risa, lo absurdo y el ridículo.
La sociedad convertida en un retablo de fantoches. Nos suena demasiado, ¿verdad? Pese al paso de los siglos, quizás, en el fondo, el ser humano no ha cambiado tanto y la universalidad de los clásicos sigue irradiando certeza en nuestro tiempo desde la escena (los espejos cóncavos nos siguen mostrando las mismas miserias humanas). Valle sigue resonando muy fuerte hoy y lo necesitamos más que nunca. Y esto una vez más lo ha entendido a la perfección Ana Zamora.
El espectáculo es una clase magistral de teatro, el esencial, el que conecta con nuestras entrañas; un trabajo pulcro e impecable. Se aprecia muchísimo la entrega de todo el equipo en un montaje muy exigente y cuidado. Un espectáculo divertido, descarado, ácido donde el ambiente carnavalesco y el guiñol convierten la escena en una despiadada farsa en la que Valle no deja, literalmente, títere con cabeza.
Todo está muy trabajado en una producción que revela la hondura de un proceso previo y exhaustivo de investigación al que se le ha dedicado tiempo, mimo e intención. La obra es puro detalle donde el hecho teatral está hecho y mostrado de una manera por una razón concreta y en un tiempo preciso. El espacio escénico está en constante transformación y son los intérpretes quienes lo hacen posible. Esto supone una presencia constante del elenco en el escenario donde cada gesto, movimiento y escucha cuentan. A nivel textual, Ana Zamora ha realizado una excelente labor de dramaturgia que ha permitido aligerar el texto, aportándole aún más dinamismo y sin hacerle perder sentido.
La escenografía que se funde en grandísima medida con el vestuario, especialmente con ese enorme y precioso cancán blanco que ante todo es centro de la acción, es una maravilla. Esta llamativa enagua será el vestido de Isabel, se convertirá en una especie de cenador o gran sombrilla y acabará siendo un hermoso retablo. El vestuario y la iluminación también están cuidados al detalle. Mención especial al precioso y largo mantón rojo y a los trajes, de base blanca, que con pequeños complementos en color negro generan importantes cambios en los personajes. Y los sombreros, que primero fueron periódicos, diferencian e imprimen mucha personalidad a los distintos personajes. La escena del tercer acto donde todos intervienen recreando ese retablo de títeres es sencillamente formidable y uno de los mejores ejemplos de un genuino trabajo de dirección e interpretación. La luz contribuye a potenciar las imágenes que crean muchas de las escenas lo que permite acentuar la intención crítica del mensaje que engloba toda la obra.
El reparto es un nuevo acierto de Ana Zamora. Todos brillan y existe un equilibrio de solvencia escénica que hace posible que el espectador goce de un trabajo coral excelente. Cuando esto sucede es un verdadero deleite y un regalo. Paula Iwasaki, Aisa Pérez, Alejandro Pau, Miguel Ángel Amor, Rafael Ortiz, e Isabel Zamora en la música, hacen de la limitación una virtud, dando vida a un ritmo vertiginoso a una multiplicidad de personajes tan diferentes como disparatados con un dominio de ese lenguaje valleinclanesco tan punzante, tan bello, tan dialectal, tan único que, si bien hoy nos puede resultar muy distante, sigue estando muy cercano a lo que sucede en la calle. Una obra íntegramente en verso incluidas las acotaciones que son también declamadas en escena por los intérpretes. La gestualidad que resulta primordial en este espectáculo está muy bien trabajada y concretamente Paula y Aisa despuntan por su amplio registro gestual; su fisicidad está llena de detalles tanto cuando son centro de la acción como desde la escucha y presencia externas. Sobresale la armonía del talento, el rigor, el trabajo y la complicidad de un equipo entregado a un espectáculo que desborda mucha pasión por el teatro como arte y oficio.
Farsa y licencia de la reina castiza es pura farsa actual, una joya de teatro esencial, una auténtica delicia de teatro con mayúsculas con la que Nao d’amores demuestra una vez más que es posible seguir creyendo en este arte milenario y mirando a nuestros clásicos desde nuestra contemporaneidad.