LA COMPAÑÍA AY TEATRO PRESENTA SU TERCER ESPECTÁCULO

Elena de Paz, la genuina heredera de Celestina

'Malvivir' es una tragicomedia original que rescata la literatura picaresca femenina del Barroco

Bea López

Marta Poveda y Aitana Sánchez-Gijón dan vida a la pícara Elena de Paz. // Foto: David Ruiz

Malvivir es la nueva producción de Ay Teatro que aúna el talento creativo del director Yayo Cáceres y del poeta y dramaturgo Álvaro Tato. Con las actrices Aitana Sánchez-Gijón y Marta Poveda como protagonistas, acompañadas del actor y músico Bruno Tambascio, el espectáculo cuenta en primera persona la vida secreta de la pícara Elena de Paz, mujer libre, rebelde, ladrona, ingeniosa, embustera y fugitiva que desafía todas las convenciones de su época y paga el precio de su libertad.

El montaje es un viaje a la cara oscura del Siglo de Oro que nos invita a hacer un recorrido por las distintas capas sociales, escenarios y personajes de una época turbulenta y fascinante. Una aventura basada en novelas de pícaras del Siglo de Oro, que se podrá vivir del 5 de mayo al 5 de junio en la Sala Max Aub Naves del Español.

Toda historia tiene su origen y la raíz de la que ha surgido este espectáculo es la amistad. Marta Poveda había trabajado junto a Álvaro Tato en varios montajes de la Compañía Nacional de Teatro Clásico bajo la dirección de Helena Pimenta y eso alimentó en ella la necesidad de seguir investigando los clásicos. Y qué mejor manera de hacerlo que con un grandísimo amigo y excelente conocedor e impulsor de la vigencia del acervo barroco como es Álvaro Tato. De esa necesidad de los dos amigos de seguir trabajando juntos, y continuar sumando personas que les hicieran aprender y crecer profesionalmente, nació el motor de la obra. Ese impulso los llevó a reunir a Yayo Cáceres y a Aitana Sánchez-Gijón y completar junto a Bruno Tambascio el equipo artístico que ha alumbrado a la pícara Elena de Paz.

Las mujeres de mal vivir en la narrativa del Siglo de Oro

La novela picaresca es el género literario español más original, ya que nació y se cultivó solo en nuestro país. Cuando pensamos en esta forma narrativa la solemos asociar directamente con el sexo masculino y así nos vienen a la cabeza pícaros como Lazarillo, Guzmán y Pablos. Pero ¿realmente no hay protagonismo femenino en la novela picaresca? ¿Existe o no la mujer pícara en la literatura? Sí, las pícaras siempre existieron, aunque no suelan aparecer en nuestros libros de textos. Lozana, Justina, Elena y la madre Andrea son algunas de ellas y no se les quedan atrás a los pícaros, ellas contribuyen con sus particularidades propias a llenar el submundo urbano de los siglos XVI y XVII.

Resulta interesante conocer que, para algunos estudiosos, tres eran las razones por las cuales la picaresca femenina no era digna de ser buena literatura. En primer lugar, porque consideraban que las pícaras eran poco aptas para manifestarse tan exhaustivamente como los pícaros por su condición de mujer; en segundo lugar, eran consideradas portadoras de una maldad innata y eso las hacía peores personas que los pícaros. Y por último, existen algunas voces críticas que incluso niegan directamente su existencia literaria.

La lucha vital de la pícara se caracteriza por su ansia de libertad y su deseo de gozar de la vida. // Foto: David Ruiz

Si es cierto que entre ambos sexos hay, sin duda alguna, una barrera de matiz ideológico muy determinante. Las diferencias entre la pícara y su congénere deben entenderse desde la mentalidad misógina de la época. Ya en El libro de Buen Amor y en la propia tradición griega del filósofo Aristóteles se alude a los defectos de las mujeres en tanto que se las considera agresivas, envidiosas, corruptoras, pecadoras por naturaleza, y por tanto con nulo interés literario. Por esta razón, para algunos críticos, si la novela picaresca hubiera estado únicamente caracterizada por el perfil de delincuente, la pícara no hubiera sido considerada, al tratarse de una actividad exclusiva a los hombres. Pero junto a la delincuencia es fundamental dentro del género narrativo una cualidad que la mujer maneja como nadie: la astucia. Y de ella echará mano la pícara para disculpar su comportamiento cruel y atribuirlo al inevitable paralelismo entre su condición femenina y el poder de la misoginia. Y no olvidemos que, además de astuta, la pícara es también bella y esta característica es la que realmente termina por hacerle triunfar.

Por todos estos motivos, a pesar de que el género literario se estudie principalmente a partir del Lazarillo de Tormes, novela paradigma, otras como La niña de los embustesLa pícara JustinaLa hija de CelestinaLas Harpías en Madrid también forman parte de la historia de la literatura española. Y gracias a muchas de ellas ha nacido Malvivir: una mirada tragicómica del siglo XVII que reflexiona sobre la libertad y la supervivencia.

Un personaje original con raíces clásicas

La dramaturgia está impregnada de grandes referencias a la picaresca española con presencia de fragmentos, tres letrillas y un romance de Francisco de Quevedo. Álvaro Tato ha creado el mundo complejo y humano de Elena de Paz, el cual invita al espectador a vivir una montaña rusa de sensaciones que le harán ir de la carcajada al llanto. La pícara es, más allá de un muy bien diseñado compendio de influencias, la historia de la vida y la muerte de una mujer valiente, astuta, rebelde, inteligente y sobre todo fascinante. «Es una mujer que nace en el barro e intenta constantemente sobrevivir y salir de ese lodo en el que ha nacido. Y no le dejan y ella lo combate constantemente» afirma la actriz Marta Poveda. A lo largo de toda su vida ella va desarrollando un grandísimo nivel de astucia y de picardía, porque por encima de todo es una superviviente. Es una persona marcada por origen, sobre la que recae un estigma del que parece que no se va a poder librar nunca.

La pícara es una mujer que nace en el barro e intenta constantemente sobrevivir 

A pesar de las dificultades, nunca se da por vencida porque, como señala la actriz Aitana Sánchez-Gijón, «ella se rebela contra ese destino y defiende por encima de todo su ansia de libertad y su deseo de gozar de la vida». En esa época y mundo barrocos en los que la supervivencia y la picaresca formaban parte de una estratificación social, «las picaras tenían además sus propias circunstancias y dificultades por género. Por ser mujer, moverse sola por el mundo, era un peligro para su vida» declara Aitana.

Las dos actrices interpretan a la pícara en diferentes etapas de su vida. // Foto: David Ruiz

Aitana y Marta comparten, además de una gran amistad, un carácter versátil y camaleónico como intérpretes que las capacita para enfrentar el desafío de asumir no solo el papel protagonista, sino todos los personajes.

Lo que más nos atraía de todo esto, era ser almas gemelas, ser una sola dividida en dos

Asimismo, uno de los aspectos más interesantes del espectáculo reside en que las dos actrices dan vida a Elena de Paz, interpretando cada una diferentes estadios vitales de la pícara. Este ha sido para ellas el verdadero regalo del montaje. «Lo que también más nos atraía de todo esto, era ser almas gemelas, ser una sola dividida en dos» confiesa Aitana. Y añade: «ahí estamos con una misma respiración, con la escucha tan abierta y los corazones latiendo tan a la par que, en todo lo que sucede en escena, y suceden muchas cosas, estamos totalmente conectadas». Ambas reconocen que compartir una manera muy parecida de ver, vivir y necesitar el teatro con energías y colores muy complementarios ha hecho posible y muy especial esta aventura que les permite asumir cualquier riesgo. «Cada día vamos más lejos tanto en el humor y en la tragedia, y en el acto de comprendernos la una a la otra y recoger esa pelota en ese precioso partido de tenis que no es competitivo, sino complementario» afirma Marta.

El simbolismo escénico y la música como principales vehículos narrativos

El espectáculo presenta un espacio escénico funcional y metonímico, característico del ojo director de Yayo Cáceres, como si se tratara de la representación de un ñaque, ese tipo de agrupaciones de carácter popular que abordaban obras en pareja. Un motor escénico muy marcado por la síntesis de elementos y el aprovechamiento máximo de las posibilidades del juego teatral con gran peso de la fisicidad. Todo se transforma incluidas las dos actrices y sus doce personajes. La comprensión del código, del que ambas tenían conocimiento previo como seguidoras y admiradoras de la compañía Ron Lalá, de la que Álvaro y Yayo son miembros fundadores, ha sido fundamental y junto a ello el desafío de enfrentarse a «esa velocidad de pasar del código de la comedia a la tragedia porque es una tragicomedia y estar en ese filo constante de saltar de una cosa a la otra» señala Aitana. En este recorrido de belleza de la palabra, muy bien empujado por el trabajo físico de las actrices, resulta imprescindible «conseguir que ese lenguaje tan hermoso y a la vez tan complejo fuera accesible, no tanto al entendimiento del espectador, sino a que ese viaje intelectual llegara a sus almas y sus corazones» confiesa Marta.

En Malvivir, al igual que en todas las producciones de Ay Teatro, el teatro es entendido como fiesta con música en directo y canciones originales.

Todo está en música, hay un ritmo que te lleva siempre a lo musical

El montaje cuenta con la presencia continua de un rabelín que toca y canta en vivo, para acompañar la acción y crear los distintos espacios y atmósferas. La música es vehículo y narración del hecho escénico. Las actrices están dentro de esa partitura transitándola porque como afirma Aitana «todo está en música: el texto está en música, nuestros movimientos están en música, realmente hay un tempo, un ritmo que te lleva siempre a lo musical». Es la partitura en la que se mueven, ese viaje musical que hace el actor y músico Bruno Tambascio, que es una especie de personaje que toca en directo y crea también de forma artesana todo el espacio sonoro. «Nosotras le acompañamos canturreando desde el personaje, pero el verdadero cantante de la función es Bruno, que tiene unos espacios, unas transiciones que son temas impecables y tremendamente emocionantes» declara Marta.

Todo el espectáculo está concebido como una partitura musical. // Foto: David Ruiz

«¡Empuja, madre, empuja, que me muero por vivir, que el río es como una cuna que rueda y pasa!» son las palabras con las que Elena de Paz expresa entusiasmada, desde el vientre de su madre, el deseo ferviente de comenzar su periplo por un mundo que sigue siendo oscuro y hostil especialmente para la mujer, y en el que afortunadamente siguen resonando fuerte las voces femeninas de nuestra más original literatura.

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