Julio Provencio: «Siempre es buen momento para hablar de paternidad y responsabilidad compartida»

Irene Herrero Miguel
Julio Provencio dirige '337km' que se representa en el Teatro Quique San Francisco. /Foto: Geraldine Leloutre

Julio Provencio dirige ‘337km’ que se representa en el Teatro Quique San Francisco. /Foto: Geraldine Leloutre

El próximo 16 de febrero se estrena 337km en el Teatro Quique San Francisco, una obra escrita por Manuel Benito que narra la historia del joven Tonín y su familia. Esta función, planteada para público adulto y adolescente, aborda de lleno la cuestión del síndrome de Asperger, un trastorno que, hasta hace poco, se incluía dentro de los del espectro autista. Hablamos con Julio Provencio, director de la propuesta, sobre le proceso de creación, la construcción de los personajes y la paternidad.

Para poner un poco en contexto, ¿qué es 337km

J.P.: Pues, por un lado, es un acercamiento muy directo y muy sencillo a algo tan complejo como el síndrome de Asperger. Además, aunque se acerca de esa manera directa, abarca todo, toda la complejidad, todos los puntos de vista que creo que merece la pena tratar al encontrarse con este síndrome. Por otro lado, también es una obra de teatro sobre una relación familiar en crisis. Es el acercamiento de una persona, que no comprende cómo es el Síndrome de Asperger, hacia una mayor empatía, pero también es simplemente el acercamiento de un padre a un hijo después de no haber estado lo suficientemente atento, atento a él. Creo que le puede interesar tanto a alguien que quiera acercarse a esta realidad como a alguien que quiere ver una buena obra en la que se reflejan muchos de nuestros miedos cotidianos en el seno de la familia. 

¿Cómo surge este proyecto?¿Cómo llega a ti este texto de Manuel Benito?

J.P.: En el Teatro Guindalera, que ahora mismo ya no tiene actividad como tal, era habitual, de vez en cuando, organizar lecturas dramatizadas de textos contemporáneos. Manu y yo habíamos organizado alguna lectura de textos de otros y, en un momento dado, nos animamos a intentar montar algo que fuera un texto suyo. Entonces él puso encima de la mesa este texto, yo lo dirigí con un elenco bastante parecido al que ahora mismo vais a ver en el espectáculo y en un par de par de ensayos presentamos un trabajo que gustó mucho. Es lo bueno de las lecturas dramatizadas, que es un buen momento para testar cuál es la relación del texto con el público. Y con muy poquito que hicimos, bueno, aunque lo hicimos a conciencia, la verdad es que la reacción de la gente fue muy buena y ahí nos animamos a intentar la producción como finalmente hemos hecho. 

¿Cómo se dirige una obra como esta? Es decir, ¿cómo planteas o recreas la realidad de una persona con Asperger? ¿De qué forma te has documentado?

J.P.: Mira, la clave es, como dices, documentarse, analizar muy bien cuáles son las características de una persona con este síndrome para, de alguna manera, no caer en un estereotipo ni tampoco en un exceso de querer representarlo todo. Pero al mismo tiempo también hay que tener mucha conciencia de que ningún Síndrome de Asperger es exactamente igual a otro, de la misma manera que ningún autista es igual a otro y ninguna persona es igual a otra. Hay una serie de características comunes que, de manera transversal, pueden, en mayor o menor medida, definirlos a todos, pero fue muy importante saber que había que crear un personaje. Eso ha sido un trabajo con Néstor Goenaga, el actor que interpreta a Tonín, el personaje con Síndrome de Asperger, que desde el principio hemos tenido muy muy, muy claro. Más allá de las características propias del síndrome de Asperger, sobre todo, lo que queríamos era crear un personaje único con su entidad peculiar y también con cosas que quizá no se ajusten perfectamente a la definición más general del Síndrome de Asperger, ¿no?

El trabajo con el resto de actores también ha tenido su particularidad ya que todos interpretan a varios personajes. 

J.P.: Sí, ha habido un juego muy teatral, muy divertido. Me gusta mucho esta cosa del vértigo y la rapidez con la que un actor tiene que abordar distintos personajes, distintos enfoques, que en este caso además son distintos enfoques respecto al Síndrome de Asperger. No es lo mismo la manera en la que se relaciona una madre que lleva cuidando de ese niño toda la vida, con las partes buenas y con las partes menos buenas, que un abuelo que, de alguna manera, ejerce una función simbólica, pero no tiene que asumir toda la tarea de cuidados que tiene esa madre. Y cuando los actores van cambiando de unos personajes a otros, nos permite al espectador en esa rapidez, con ese arte que se tienen ellos, ver cómo no es la misma mirada la que lanzamos desde un punto de vista u otro hacia una realidad así. Tanto con Clemente como con Lidia o Alicia ha sido fascinante ver la versatilidad, sobre todo, la calidad del juego en la que están metidos sin ningún miedo. 

La obra la estrenasteis en 2020.

J.P.: Sí, hicimos una primera parte de la producción en 2020. Lo que ocurre es que como fue un año muy condicionado por el Covid no pudimos hacer un proceso todo lo pausado que nos hubiera gustado. Se hizo de una manera rápida, y aun así muy satisfactoria, porque pudimos presentarlo en Móstoles gracias al apoyo de María Sánchez y tuvimos una acogida muy bonita. Ya cuando en 2021 pudimos acomodar el calendario de una manera más cómoda, más razonable, retomamos el proyecto y pudimos desarrollar una segunda parte de la producción en la que ahondamos todavía más en la creación de los personajes y de la obra. 

 Esta obra está bastante enfocada a público adolescente, ¿cómo se monta una obra dirigida al público joven? 

J.P.: Creo que no hay grandes diferencias, pero hay que ser muy honesto con el público, con el público adolescente y también con el infantil. En este caso, además, creo que era esencial que hubiera una madurez, una responsabilidad a la hora de abordar el tema, pero vamos, yo creo que hay que abordarlo como un trabajo con la mayor seriedad del mundo y tratando de ser honestos con la visión que damos. No hay fronteras en ese sentido. Es verdad que desde un principio hemos querido que estén presentes públicos de edad de instituto, de la ESO y Bachillerato, pero nos hemos dado cuenta que si bien funciona muy bien con ellos, también funciona muy, muy bien con público general adulto y eso supongo que también tiene que ver con que no hemos hecho un enfoque especial pensando en cómo debía ser recibido por unos o por otros. 

¿Y qué tal está reaccionando el público joven? 

J.P.: Pues hemos tenido muy buenas experiencias. Además, hemos tenido la suerte de que en algunas de las funciones que hemos hecho en municipios de la Comunidad de Madrid se han acercado institutos donde hay una línea de trabajo con niños o jóvenes con autismo o con síndrome de Asperger que han venido, han estado presentes y nos han devuelto sus sensaciones y comentarios después de la función. Con eso nos hemos quedado fascinados y realmente reconfortados de ver que hay un encuentro, que se sienten identificados, que creen que, de alguna manera, hemos entrado en esa realidad que ellos viven de manera cotidiana y lo hemos hecho de una manera honesta, llana, en la que ellos se han podido ver representados y no hemos caído en un cliché que quizás les haría huir de nuestro trabajo. 

Habláis también de paternidad, de un padre ausente, de un hijo que no sabe lo que significa tener un padre. Hace poco que cambió la baja por paternidad y parece que la participación de los padres en la crianza es algo que, por fin, está en la agenda mediática y política, ¿es un buen momento para hablar de la paternidad?

J.P.: Siempre es un buen momento para hablar de paternidad y responsabilidad compartida, lo malo es que hemos tardado demasiado. En mi caso, yo, como padre de dos hijos, me esfuerzo a diario por intentar que esa labor de crianza sea una crianza corresponsable, compartida y con una conciencia muy clara de dónde estamos como sociedad y evidentemente abordar una obra así pues me me estimula muchísimo. Para mí ha sido una de las partes más importantes del viaje: pintar muy bien a ese padre, un padre que en algún momento también responde a una cierta idea de lo que tenemos asumido como un padre que se despreocupa, etc. Pero también hay que saber que no todo está perdido cuando hay un esfuerzo, cuando hay una sensibilidad que se pone en juego y es eso lo que vemos a lo largo de la obra: cómo un padre va descubriéndose a sí mismo al mismo tiempo que descubre a su hijo y descubre espacios para la sensibilidad, para la ternura, para el encuentro y para la empatía. 

Bueno, hablando del espacio, el sistema solar está muy presente a través del espacio escénico y de la banda sonora, ¿cómo habéis hecho este trabajo?

J.P.: Pues lo abordamos en conjunto con Yeray González Ropero, el responsable de escenografía y el vestuario, con Juanan Morales, que es el responsable de la iluminación y yo desde el espacio sonoro. Siempre quisimos sugerir, no imponer, todo ese mundo desde los diseños que rodean a los personajes. Todo ese universo que gobierna la mente y los intereses de Tonín, de este niño apasionado por la carrera espacial. Entonces sí hay mucho de eso, en escena si uno se fija bien hay una especie de sistema solar con un astro central y una serie de pequeños planetas, que giran a su alrededor y que van evolucionando a lo largo de la obra. También la luz tiene muchos detalles que tienen esa circularidad. Y en la música nos hemos fijado también en referencias que tuvieran mucho que ver con Laika, la perra Laika, que es uno de sus personajes favoritos, y con Yuri Gagarin, el ídolo más potente en la mente de Tonín. Y eso va impregnando poco a poco la puesta en escena.

Otras veces has trabajado dirigiendo textos tuyos, en esta ocasión diriges un texto de otra persona, de Manuel Benito, ¿cuál es la forma de trabajar que más disfrutas?

J.P.: Son distintas. En este caso me coloco en un lugar muy clásico, en el buen sentido de la palabra, de director, de encargado de la puesta en escena y entro en un diálogo con el texto más desapegado o con otro tipo de responsabilidad. La responsabilidad que uno tiene con el texto de otro es diferente. A veces uno es más depredador con su propio texto que con el de los demás, que, de alguna forma tiene, que cuidar porque no es suyo. Son procesos muy distintos y cada proyecto tiene su jugo. 

Irene Herrero Miguel / @ireneherreromi

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