¿Nos enamoramos porque estamos locos o nos volvemos locos al enamorarnos? Esta es la pregunta que se planteó Lope de Vega al escribir la pieza que ahora adapta José Luis Alonso de Santos y dirige Pepa Pedroche, y que puede verse en la sala verde de los Teatros del Canal hasta el 20 de septiembre.

Imagen de Los locos de Valencia
En un patio ajardinado y en ruinas, con tintes místicos y fantásticos, los personajes de esta obra juegan a jugar: se enamoran, se hacen pasar por locos y terminan por perder la cordura, filosofan, se travisten, cantan, bailan. Juegan. Esa es la clave de la propuesta: el amor entendido como el juego más puro, y el juego entendido como la mejor forma de amor.
Pepa Pedroche nos regala un paisaje en el que la belleza se instala en el espacio (la escenografía de Alessio Meloni es sugerente y efectiva; la iluminación de Juan Gómez-Cornejo y de Ion Aníbal es sutil y precisa), en los cuerpos del elenco (el vestuario de Daniel Torres es precioso; la coreografía de Alberto Sánchez Diezma es exquisita) y en todo lo que suena (el diseño de sonido es de Alberto Vela). Y todo lo que suena invita a sumergirse en un espacio de ensoñación, de fantasía y de emoción. Y de eso, sobre todo, se encargan los músicos (Alberto Vela y Beatriz Fernández) y todo un elenco de actores que, además de actuar, cantan.
Alonso de Santos recupera versos de Lope ajenos a esta obra (poemas, sonetos o fragmentos de otras obras) y se las entrega a los actores para que las canten y, de esta manera, sus sentimientos y sus emociones queden expuestas. Porque de eso se trata: en medio de un ambiente carnavalesco, en el que los personajes juegan a jugar, en el fondo lo que logran es exponerse. Exponer la vulnerabilidad a la que nos sometemos cuando dejamos que el amor nos atraviese. Y este flechazo nos hace comportarnos de formas extrañas, filosofar para tratar de entendernos o buscar en la emoción el refugio a nuestro sentimiento.
Por eso el espectáculo funciona: porque Pedroche consigue aportar una visión del amor sin pretensiones, con mucho humor, desde la emoción que solo la música otorga y con una precisión técnica por parte de los actores que es sobresaliente. Arturo Querejeta, Daniel Muriel, Jacobo Dicenta, Florencia Otero, Lucila Gandolfo, Xavi Caudevilla (que sustituye a Pepe Sevilla), Guillermo Calero, Antonia Paso, Ángeles Martín y Carlos Manrique Sastre hacen malabares con el verso, con los movimientos, con las entonaciones al cantar y con las emociones. Juegan. Juegan a hacer teatro e invitan al público a darles de la mano. Instauran un código en el que todo es posible, y a partir de ahí, el espectador solo puede entregarse. Divertirse. Dejarse engatusar.
Los locos de Valencia demuestra que nuestro Siglo de Oro sigue siendo un botín que debemos atesorar, porque en él nos seguimos viendo reflejados, porque quizá tampoco hayamos cambiado tanto (ojo, spoiler: en algunas cosas sí, y cierta concepción de la mujer que se cuela entre los versos del espectáculo, afortunadamente, hoy nos chirría) y porque, desde luego, el amor nos sigue enredando como ha enredado a este equipo que aún debe cosechar muchas risas y muchos aplausos.
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