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María Prado: «No llegamos a preguntarnos del todo qué significa realmente la libertad de expresión»

1 febrero 2019
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María Prado, autora, directora y actriz a la que conocemos por sus trabajos con la compañía Cuartoymitad – Escriba su nombre aquí, (Des)de los escombros o Un universo (Solo) – es una de las seleccionadas esta temporada en el ciclo Escritos en la escena organizado por el CDN. Un ciclo que pone a disposición de la escritura dramática toda la maquinaria escénica en favor de la creación del texto teatral. En este caso el título seleccionado es Impulsos (BPM) con el que la autora investiga sobre la violencia en la palabra y la autocensura. Un trabajo que ahora se puede ver en su primera vuelta en la sala pequeña del Teatro María Guerrero y que, posteriormente, reanudará el proceso de ensayos para volver a reestrenarse con los cambios que María haya considerado pertinentes tras verlo sobre el escenario para finalmente, tras el desarrollo de todo el proceso creativo, publicar la versión definitiva.

Hemos quedado con la dramaturga para conversar sobre esta experiencia que supone encontrarse en un proceso creativo como este. María Prado nos recibe en la puerta del María Guerrero y nos lleva hasta la sala donde la escenografía de Impulsos (BPM) nos espera para la entrevista, mientras, ella ya nos adelanta “Estoy pasándomelo muy bien. He acertado con el elenco y con el equipo. Va muy en sintonía con lo que yo quería trabajar”.

Teatro Madrid.- ¿Cómo fue el proceso de selección para conseguir ese elenco? (Beatriz Grimaldos, Rebeca Matellán, Luna Paredes, Fernando de Retes, Efraín Rodríguez, Alejandro Saá y Carmen Valverde)

María Prado.- Para el elenco hicimos un taller de selección. Me interesaba más que nada, como es una obra muy coral, que se relacionaran muy bien entre sí. Que hubiera mucha escucha de grupo. La verdad que me fue muy difícil porque pensé “Dios mío, que bien he elegido a todo el grupo y me tengo que quedar con la mitad”.

TM.- Supongo que es diferente a hacer un proceso como este a un casting, ¿no?

MP.- Yo lo prefiero, también porque soy actriz. Los castings generan una cosa muy fría, además que te la juegas todo a una y si te sale mal en el momento es horrible. De esta manera fuimos trabajando alguno de los textos que yo iba proponiendo y los íbamos jugando, así yo podía ver más lo que podían hacer. A veces es más cuestión de cómo nos comunicamos y si nos entendemos trabajando que por otras cuestiones actorales. Prefería hacerlo así porque tampoco tenía unos perfiles súper definidos, son escenas muy breves todas. En la obra hay dos líneas, una es la línea de la autora de cómo va componiendo y recomponiendo la obra, como va tachando, y luego están piezas muy breves de esa obra de violencia.

TM.- Una forma de trabajar que va muy en consonancia con el ciclo de Escritos en la Escena, ¿no? Comenzar trabajando con el texto, estrenar, poder retocar y recomponer para poder volver a mostrarlo y llegar a un resultado final para publicar.

MP.- Sí, además me interesaba mucho que todo el mundo quiera contar, quiera estar y quiera participar. En este sentido, teniendo en cuenta que era investigación, me apetecía que todo el mundo quisiera investigar conmigo. Todo el inicio fue ir tanteando con textos que ya tenía y luego iba proponiendo juegos y me iba quedando con cosas que me servían para escenas que ya teníamos o ideas para trabajar nuevas escenas. Es un proceso muy intenso porque en realidad no hay tanto tiempo. Cuando te quieres poner a investigar llega un momento que dices “Me tengo que poner a cerrar cosas”, pero bueno, tengo la puerta abierta de poder volver una y otra vez sobre el texto porque no es un resultado, es un proceso todo el rato, o sea, que puedes seguir cambiando.

TM.- Leyendo sobre la temática de la propuesta surge una cuestión, ¿la autocensura es siempre algo negativo o también es una manera de sobrevivir?

MP.- Yo me preguntaba a mí misma cuáles son mis líneas rojas a la hora de escribir, qué cosas no diría o qué fronteras tengo. Fui becada en un seminario de dramaturgia internacional con Simon Stephens en la Sala Beckett y nos daban la oportunidad de presentar preguntas y yo, como ya estaba con el tema del lenguaje y la violencia, pregunté a los dramaturgos que estaban allí si tenían líneas rojas a la hora de escribir, me encontré con gente que sí y gente que decía que ninguna. Me di cuenta que no llegamos a preguntarnos del todo qué significa realmente la libertad de expresión, tendemos a responder directamente sí a la libertad de expresión.

TM.- Quizá sea ese deseo de demostrar cuán auténticos e íntegros somos, ¿no?

MP.- Sí, ese sentimiento de yo tengo toda la libertad que quiera. Pero en realidad, ¿tener toda la libertad que quieras es bueno? ¿Hasta qué punto no estás haciendo daño si tienes toda la libertad? Si tienes toda la libertad, ¿no tienes que tener una cierta responsabilidad? ¿Hasta qué punto eso te puede cohibir de hacer o decir determinadas cosas? Sin ningún tipo de censuras, ¿en qué tipo de mundo viviríamos?

TM.- Esto es un poco la pescadilla que se muerde la cola porque si te expresas con toda la libertad puedes desencadenar el posible germen de la violencia, pero si no lo haces te estás autocensurando.

MP.- No hay una solución, al menos para mí, por eso me interesa porque me genera mucha duda y mucho conflicto cuánto poder tienen las palabras hacia los demás.

Esto surgió porque estaba investigando sobre lenguaje y violencia con obras de otros autores, estaba muy metida en este mundo, y me llegó una carta a casa que de hecho sale en la obra, era una nota escrita a mano que decía “Eres una puta y te voy a matar” y claro, como estaba metida en eso de la violencia, cuando veo esa carta pensé “hay alguien mirando”, era muy raro, llegó eso a mi casa y noté que me palpitaba el corazón como conteniendo mucha violencia, fui a la policía para saber qué era esto y me dijeron que no le diera ninguna importancia, que era alguien que había estado enviando ese tipo de cartas, pero yo pensaba “Ya, ya, pero esto ha llegado a mi casa”. Guardé la carta y luego con el tiempo dije “Hacemos una obra con este tema”. (Se echa a reír)

TM.- Bueno, es una manera de transformar la violencia a base de creatividad. Al final casi tienes que agradecer al “anónimo” que sacara de ti la inspiración para Impulsos (BPM).

MP.- (Entre risas) ¡Claro! Pero fíjate que con solo cuatro o cinco palabras puedes llegar a impactar muchísimo y generar una violencia interna que no sabes qué hacer con ella porque ¿Cómo la reviertes sin generar más violencia?

TM.- Claro, siempre tiene que haber alguien que tire de las riendas…

MP.- Y se autocensure. Pero claro ¿hasta qué punto no se te queda instalada dentro una violencia que te bulle? A nivel social, con todo lo que estamos viendo de auges de totalitarismos, formas de expresión que aunque parezca que no hacen nada, están generando muchísima violencia. Al final es estar todo el tiempo con esta crispación y puede llevar a desastres a nivel político y social mucho más amplios. A base de cosas pequeñitas, las violencias más cotidianas, se transforman en una mucho más amplia y se genera una red que se va trasmitiendo de un lado a otro y eso es lo más peligroso porque se queda instalada en la sociedad.

TM.- Una pregunta evidente, ¿dónde te autocensuras tú?

(Aquí María deja pasar un rato largo en silencio)

TM.- ¡Ahora mismo te estás autocensurando!

MP.- La verdad que sí porque pienso cosas y las desecho. A nivel personal creo que tengo muchas más autocensuras de las que creo. Pienso que tengo mucha apertura, pero luego estoy teniendo mucho cuidado de ver hasta qué punto puedo generar o provocar qué, pero no sé hasta qué punto es mi punto de vista en vez de autocensura…

Para esta obra he partido de autocensurarme la representación explicita de violencia física en escena. Me parecía interesante jugar que fueran solo palabras, que se mencionara, pero que no se vea en escena.

TM.- ¿Cuáles son los límites de lo representable?

MP.- Esto lo hemos trabajado también en la función, ¿Qué podría pedir yo que nunca haríais? ¿Qué no diríais en un teatro? en la obra hay una escena sobre eso. Porque mi responsabilidad está en la escritura, pero cuando el actor pasa esa frase, la responsabilidad es suya que la está haciendo y eso puede provocar mucho en un patio de butacas.

En el curso de la Sala Beckett había una de las dramaturgas que decía que una de las autocensuras que tenía era no sacar a ninguna actriz sufriendo una violación en escena y eso generó un debate, ¿hasta qué punto puedes pedir según qué cosas a los actores? Yo no le pediría hacer algo a un actor o actriz si no estuvieran convencidos de hacerlo, tendríamos que ir de la mano, tendría que hacerse con previo acuerdo, cosas con las que puedan sentirse muy vulnerables.

TM.- Pero también, si cierras la puerta a cierta explicitud, estás privando al espectador del impacto que le pueda hacer reaccionar o que le pueda remover.

MP.- Sí, claro. También está bien querer generar la reacción del espectador y es lícito, pero tiene que haber cierto acuerdo. Hay un límite difuso que me haría llevar muchas cosas hacia la censura.

TM.- La autocensura también viene en el título con ese tachado en Impulsos

MP.- Sí, también es porque jugamos mucho con la idea del pulso, la pulsación. Tenemos las dos vertientes, por un lado el impulso de la violencia, el de escribir y por otro el pulso que late por debajo todo el rato que es, además, una constante en la función, en el sonido, en el video, todos hemos trabajado mucho sobre eso. La obra está muy fragmentada porque es la línea de la escritura. Son los fragmentos que va componiendo y recomponiendo una autora, a veces son censurados, a veces tachados, a veces en negro o se rompen a la mitad y se reescriben.

TM.- ¿Lo de los paréntesis y el juego de palabras en los títulos es marca de la casa?

MP.- (Suelta una carcajada) Me lo han dicho, sí. Me gusta bastante, pero me voy a ir desprendiendo de este tema de los paréntesis porque creo que me estoy poniendo muy pesada. Diego Areso, el diseñador que trabaja con nosotros en Cuartoymitad siempre me dice que lo de los paréntesis es horrible. Pero me gusta jugar con las palabras, con las dobles intenciones, romperlas, ver cómo se fracturan y pueden decir muchas cosas a la vez. Me encanta que a partir de una palabra pueda ir generando mil significados diferentes.


TM.- ¿Qué te parece esta apertura que están teniendo algunos teatros hacia los creadores que habéis comenzado a caminar en el Off? Esta posibilidad de mostraros a otros públicos fuera de ese circuito.

MP.- Está siendo muy interesante ver las propuestas que está habiendo con Escritos en la Escena o con las Nuevas Direcciones. Es una oportunidad para probar propuestas muy arriesgadas en las que se está trabajando desde otro lugar y con públicos que igual no son los públicos acostumbrados al off, que van de otro palo, y ver qué pasa. Trabajar aquí es maravilloso, es otro mundo en el que además yo creo que me voy a malacostumbrar enseguida. (Se ríe) Da mucho gusto poder contar con equipo, con medios, con tiempo para ensayar…

TM.- Abandonar por un tiempo la precariedad del Off, ¿no?

MP.- SÍ, se nota muchísimo. Yo ahora pienso que no sé cómo lo hacemos en el off porque, cuando trabajas con más gente, con más medios, de repente te das cuenta que son mil profesiones que cuando estás en el off las estás llevando tú solo. Es muy loco. No sé cómo voy a volver de nuevo a lo otro. Va a ser muy complicado.

TM.- Va a ser como despertar de un sueño.

MP.- ¡Total! Sobre todo es el poder contar con tiempo y sueldo. Que los ensayos estén pagados se nota en el ánimo de todo el mundo y también el poder estar dedicado porque no tengo que salir corriendo para hacer otra cosa.

Pero también tiene su encanto el poder hacerlo tú todo. Tiene otras cosas, por ejemplo, en temas de coordinación, cuando lo haces tú todo, sabes lo que has hecho y lo que no has hecho, pero de repente, cuando tienes tanto equipo tienes que tener en cuenta la coordinación de unos con otros, quién lleva qué. El trabajo cambia mucho, se convierte más en una labor de gestión y coordinación y cambia la estructura.

TM.- Son dos mundos muy diferentes, ¿no?

MP.- Trabajar trabajo a destajo y más con la cosa de la escritura y la reescritura que no paro en todo el día, estoy constantemente con ello, pero sí que es desde otro lugar, sobre todo, en ese sentido de sentirte arropado, con gente que está al 100% porque puede estarlo y en el off eso es más difícil de conseguir.

TM.- Otro tema inevitable ¿Por fin se piensa en la dramaturgia sin que solo vengan a la mente autores masculinos?

MP.- Es muy difícil lo de la visibilidad. Yo creo que ahora sí que ha habido una mayor visibilidad en el trabajo de las dramaturgas, pero aún queda mucho trabajo porque me da la sensación de que se enmarca demasiado el trabajo de la dramaturgia de mujeres y eso genera también algo extraño. Es importante generar la visibilidad, que se resalte, pero a la vez se genera un compartimento estanco, como si por un lado estuviera la dramaturgia y por otro la dramaturgia de mujeres ¡y no es un género más! No es el drama, no es la comedia. Y eso es lo difícil del camino, estas fronteras. Por suerte cada vez hay más visibilidad de mujeres que hacen dramaturgias de lo más variopinta. Aunque todavía se queda en un segundo plano muchas veces, los grandes nombres que ves en los grandes escenarios durante tres semanas casi siempre son hombres. Todavía hay mucho que trabajar en ese sentido, pero estamos avanzando.

José Antonio Alba / @joseaalba

Fotos Mario Zamora

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