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Grumelot: «¡Muchas veces estrenamos por encima de nuestras posibilidades!»

30 mayo 2019
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La compañía Grumelot acaba de cumplir 14 años de andadura y lo celebran volviendo a poner en escena Un cine arde y diez personas arden, uno de los espectáculos icónicos de la compañía, que ahora muestran desde las butacas, ellos el escenario nos lo dejan a nosotros, del Conde Duque, espacio del que ahora son compañía colaboradora.

Muchos hemos podido ver espectáculos suyos como Los brillantes empeños, dirigidos por Pablo Messiez, Mi pasado en B, #SobreJulieta, John Wayne al pie del monte Urgull, Scratch o Cuando llueva vodka e incluso hemos podido disfrutar de los montajes finales de la escuela que capitanean en Nave 73, como el más reciente Sin título, un espectáculo que juega con el Lorca más “irrepresentable” para demostrar que solo hay que echarle imaginación y un poquito de riesgo para materializarlo sobre el escenario.

Entre ensayo y ensayo Carlota Gaviño e Íñigo Rodríguez-Claro, que junto a Javier Lara conforman el núcleo de Grumelot, nos hacen un hueco para poder conversar sobre el regreso de este montaje que vuelve a prender fuego a las convenciones teatrales, al más puro estilo de la compañía.

Teatro Madrid.- Tras detonar a Lorca en el SURGE Madrid de este año con Sin título, recuperáis Un cine arde y diez personas arden en vuestra colaboración artística con Conde Duque, un espectáculo que ya pudimos ver con los alumnos de la escuela de Nave 73, ¿cómo está siendo el volver sobre algo que ya habíais montado?

Carlota Gaviño.- Teníamos muchas ganas de volver a hacer este show y armar un elenco grande. El anual de Nave 73 te permite hacer repartos amplios, pero sacar eso luego de gira es imposible. A mí me parece importantísimo que se pueda recuperar el repertorio y no tener que estar estrenando constantemente trabajos nuevos.

Iñigo Rodríguez-Claro.- Las últimas producciones de Grumelot, desde Los Brillantes Empeños, por cuestiones de producción y movilidad de la gira, siempre han sido o solos o con poca gente, así que siempre nos permitimos estos experimentos en el ámbito de investigación que tiene la escuela; primero porque tenemos tiempo y segundo porque en muchos sentidos puedes probar cosas y llevarlas más lejos, experimentar y eso es una maravilla.

TM.- Y poder hacerlo con los medios que te da un espacio como Conde Duque, ¿no?

IRC.- Tener de pronto este contexto más institucional para un montaje de estas características es maravilloso. Puedes estar una semana montando, tienes posibilidad de estar ensayando en espacios muy buenos, eso le da otro sentido al trabajo.

CG.- Estar aquí en Conde Duque nos permite recuperar esta producción y poder colaborar con un montón de gente con la que teníamos muchas ganas de trabajar desde hace tiempo. Gente con la que llevamos tiempo colaborando como Mon Ceballos o Juan Ceacero, y un montón de gente joven que ha pasado por nuestros talleres de formación. Poder hacer esa mezcla en un reparto tan grande, es un gusto y un lujo. Para mí es muy importante esta voluntad de Miguel e Isla de Conde Duque de recuperar una pieza de repertorio y no estar constantemente atados a la necesidad de estrenar. ¡Muchas veces estrenamos por encima de nuestras posibilidades! Te ves en la inercia de otro estreno y otro estreno y otro más… y ahora ha sido pensar “Bueno, vamos a ver qué pasa con las cosas con el tiempo”.

TM.- ¿Qué tal le sientan los años a este cine en llamas?

CG.- Es la primera vez que retomamos un espectáculo y es precioso ver como algo que fue construido hace cinco años por un grupo de gente, de pronto, toma otro sentido y otro significado porque está siendo interpretado por otro grupo muy distinto que toma ese traje de la función de hace 5 años y lo convierte en algo nuevo.

IRC.- Además, a la función le pasa una cosa muy curiosa, de repente la pieza se ha resignificado sola. Nosotros la montamos en el 2014, se hizo en el 2015, pero habla de la crisis que hubo a partir del 2007 y ahora, al hacerlo en el 2019, vemos que hay una especie de diálogo de como era la España de la crisis y cómo salió de la crisis. Habla mucho a nivel político, social y filosófico de muchas cosas.

CG.- Es bonito ver cómo el tiempo atraviesa el trabajo y le da sentidos nuevos y como los cuerpos que están en escena son otros, pero los nueve cuerpos que armaron con nosotros la pieza siguen de alguna manera.

TM.- Salvando el cambio de equipo, ¿la gente que lo vio notará muchos cambios?

CG.- Yo creo que la partitura, el diseño del espectáculo, es prácticamente el mismo.

IRC.- Pero cambia mucho el espacio y el marco técnico-estético es muy distinto. En esa época Nave 73 tenía 15 focos.

CG.- Creo que fue el cierre del primer año de Nave.

IRC.- Cuando les planteamos hacer el espectáculo al revés nos decían “¿Pero como vais a mover todo?” ¡Estábamos empezando a descuajaringar Nave! (Risas) El espectáculo a muchos niveles es muy estético y en Nave eso lo pudimos hacer en un tanto por ciento y creo que aquí hay como una parte visual que gana, se va a notar, pero a nivel de puesta en escena de los actores, de acciones, no hay demasiadas diferencias.

CG.- Espero que alguien que haya podido ver el espectáculo del 2015 pueda atravesar el tiempo con nosotros, pueda percibir esas otras dimensiones posibles que todo texto tiene. Cuando las palabras se ponen en boca de otro actor, cambian. Yo ahora estoy dentro del elenco y escuchar un texto que he visto desde fuera como directora y que me sé, es super emocionante.

(En este punto de la entrevista Íñigo nos tiene que abandonar, están en pleno montaje del espectáculo y las obligaciones como director le reclaman, así que las voces de Grumelot se unifican en la palabra de Carlota)

TM.- Hasta ahora del Off han salido nombres concretos, sobre todo, dramaturgos y directores que han dado un salto a otro tipo de teatro, pero ahora ya sois las propias compañías las que comenzáis a romper esa membrana para poder mostrar vuestro trabajo a otro tipo de público.

CG.- Totalmente. Quizá era más fácil que despuntara un nombre y nosotros intentamos que lo de los nombres se diluya, forma parte de nuestra filosofía del trabajo. Desde los inicios hemos entendido que el trabajo se hace en colaboración y las jerarquías siempre hemos intentando que sean muy flexibles. Tanto Javi (Lara), como Íñigo o yo, dependiendo del proyecto, ocupamos lugares distintos.

TM.- ¿Quiénes sois Grumelot?

CG.- Empezamos Jose (Padilla), Javi, Iñigo y yo y, aunque Jose ya no está con nosotros, sigue colaborando en proyectos de formación y ahora Javi, Iñigo y yo somos como un núcleo que se expande, hay como una órbita alrededor de la compañía que se va ampliando y que no se termina de cerrar nunca. Hay una imagen muy bonita en la función que dice que la lava se expande por los dormitorios, pues nosotros intentamos un poco ser como esa lava que se expande y vamos asumiendo a gente muy dispar que se vuelven colaboradores habituales, se vuelven recurrentes, en este espectáculo Jota (José Juan Rodríguez), que está actuando con Jose en El Viaje, es el coreógrafo de este espectáculo, a la vez es el actor de Tiestes que estrenamos en octubre, Juan Ceacero también actúa en Tiestes y aquí. Necesitamos sentir que la familia se expande y genera lazos que también van mas allá de la sala de teatro. Lo que construimos finalmente son relaciones humanas.

TM.- Esas relaciones son las que después alimentan lo que se ve en escena, ¿no?

CG.- Para nosotros desde luego es así. Lo importante son las relaciones humanas y la vida que generamos y cómo esa vida se traduce en espectáculos. Yo creo que nos pasa a todos en el teatro, que vamos armando familias. Los proyectos duraderos suelen ser siempre familiares y acaban siendo personas con las que te apetece no solo estar en el escenario si no compartir comidas y cenas. Somos como una relación poliamorosa. Vamos y volvemos. Hay mucha libertad en los espacios para cada uno y la función habla de eso, de la necesidad de estar juntos ante el desastre. Lo único que nos redime es estar juntos.

TM.- Partiendo de que los montajes de Grumelot son complejos de resumir e incluso es casi mejor no contarlos y encontrarte con la sorpresa ¿qué se puede decir sobre Un cine arde y diez personas arden?

CG.- Tiene una premisa muy sencilla y es lo que dice el título: Un cine arde y diez personas arden, literalmente. La pieza, que creo que es de las más clásicas de Pablo Gisbert y a nosotros, que siempre estamos en esta coyuntura entre lo clásico y lo contemporáneo, nos fascina utilizar la estructura clásica para romperla y dinamitarla. Fue Premio de Marqués de Bradomín 2011 y es uno de los pocos textos suyos, si no el único, que no ha sido montado por El Conde de Torrefiel.

Hay dos partes, en la primera vemos a los diez personajes que están sentados en las butacas esperando a que empiece el ‘Guillermo Tell’ de Heinz Paul y de pronto, en el intermedio de la función el autor propone que nos vayamos a Youtube o a Spotify y escuchar la obertura del Guillermo Tell de Rossini, una pieza que todos conocemos y que, efectivamente, dan ganas de quemarlo todo y, en ese tiempo, el cine se quema y uno de los personajes nos cuenta que este es el acontecimiento más importante de la vida de estos personajes y están completamente anonadados con lo que les pasa, así que el autor les va a dejar ahí para que digan lo que les pasa mientras se están quemando. Entonces, la función dinamita todas las convenciones teatrales y todas las ideas preconcebidas con respecto al amor, la familia, las instituciones sociales, la religión y la política.

TM.- ¿Qué destacas de este espectáculo? ¿Qué os llevo a querer ponerlo en escena?

CG.- A nosotros lo que nos divertía mucho era esa voluntad iconoclasta, esa irreverencia. Para nosotros es un espectáculo que habla sobre la necesidad que tenemos de destrozarlo todo y la necesidad de vivir una tragedia, pero sobre todo, de sobrevivir a esa tragedia, de que un final nos destruya y nos resucite. Es un poco un tópico de observar la belleza de la destrucción, a todos nos encanta romper las pompas del papel de embalar, tirar castillos de naipes, pisar los castillos de arena en la playa, hay algo de esta voluntad casi infantil de romper y destrozar y algo del júbilo y la alegría de la resurrección. Al final hay un impulso muy vital en la función, muy optimista; tiene ese espíritu irreverente y políticamente incorrecto. Vamos a ver cómo suena cinco años después esa incorrección política que no era tan grave, ahora que está en el candelero la voluntad de no ofender absolutamente a nadie.

TM.- ¿Crees que el teatro también está comenzando a tener la piel muy fina?

CG.- Yo creo que es peligroso que nos dé tanto miedo la reacción del otro y que nos autocensuremos manifestaciones que, efectivamente, son críticas, pero en absoluto ofensivas o con voluntad de ofender. Este espectáculo, por ejemplo, está hecho desde el sentido del humor, un humor ácido, negro, cáustico, pero para nosotros es claramente una comedia y las comedias subvierten el orden de las cosas. Hay cosas que espero que no provoquen realmente un incendio… (Lo piensa un momento) ¡O sí! Que de eso se trata.

TM.- Hablabas de la destrucción para posteriormente resurgir y reconstruir. ¿No es ese un poco el espíritu de Grumelot? Vosotros cogéis las piezas, las desmontáis, las hacéis pedazos, para después volver a unirlas dándoles una forma o una visión diferente.

CG.- (Carcajada) ¡Me encanta! ¡Gracias! Nosotros hemos partido de una formación muy clásica, pero hemos tenido siempre el interés, y un deseo enorme, por acercarnos a los lenguajes contemporáneos y generar un material que esté en diálogo con lo que pasa y con la mirada del espectador. Es verdad que es un poco marca de la casa lo de coger el texto y romperlo y luego ya vemos. Quizá es por eso que esta pieza nos llamó tanto cuando la leímos por primera vez. La esencia está también en nuestra alma, de permitirte destruir, de no amoldarte a las formas, de no pensar que las cosas solo pueden ser de una manera, porque las cosas pueden ser de cualquier manera, pero es difícil darse cuenta de eso todo el rato porque, incluso cuando uno tiene una voluntad muy iconoclasta te parece que llegas a un lenguaje y dices “Ah! Ese es el lenguaje” y entonces acabas cayendo en lo mismo. Nosotros procuramos no aferrarnos a ninguna respuesta y romper nuestras propias inercias.

TM.- ¿Y cómo se hace eso? ¿Cómo hace Grumelot para coger una idea y construir sobre eso?

CG.- A través de la colaboración, siempre tiene que ver con rodearnos de gente. Abrir los espacios para que no solo sean nuestras cabezas pensando. Cuantas más cabezas, mejor. A través de esa otra gente encuentras soluciones y respuestas que tú no hubieras podido prever. Tratamos de dar espacio al equipo en todos los sentidos, a través de esa apertura aparecen soluciones que tú solo no hubieras imaginado. Es la manera de estar abierto a no repetir constantemente las mismas respuestas y sentir que estamos siempre en la pregunta.

TM.- Echando la vista atrás, en estos 14 años, ¿en qué habéis cambiado, en qué os mantenéis fieles?

CG.- Creo que a nosotros nos pasa lo mismo que dices de los espectáculos, que estamos en constante destrucción y reconstrucción, y está constantemente cambiando y modificándose. La compañía en algún sentido son los programas de formación que hacemos, en otro sentido son las producciones y en otro son las relaciones entre las personas que formamos el núcleo de la compañía y los colaboradores, y todo eso está en constante movimiento y está cambiando todo el rato. Para nosotros, por ejemplo, ser artista asociado de un centro como este es una cosa muy nueva y rara que estamos aprendiendo a hacer y nos da un montón de cosas nuevas qué pensar. Y cuánta razón tiene Jose (Padilla) cuando dice que “Tan equivocados no estaríamos cuando finalmente estamos haciendo lo que queríamos hacer y como lo queríamos hacer”.

Hemos cambiado en que somos mas mayores (Risas), pero seguimos siendo muy cabezotas y muy tenaces, quizá lo que hacemos es que cada vez somos más temerarios y tratamos de que cada vez nos importe menos el fracaso y la catástrofe. Echo la vista atrás, pienso en 14 años y… ¡No sé dónde están! ¿Qué ha pasado? (Ríe)

TM.- Hace poco pude hablar con José Padilla sobre El viaje y hablábamos de la posibilidad del riesgo, y comentábamos que es un sello muy de Grumelot y cómo se nota que todos venís de crecer como artistas del mismo lugar y cómo os retroalimentáis unos de otros.

CG.- Esa es otra cosa importante para el espectáculo, para la creación, estar dispuesto a cambiar, a ser distinto a lo que pensabas que eras y que las cosas adopten formas que no habías imaginado ni previsto. Eso sucede con el trabajo con Pablo Messiez, su trabajo es muy revelador, está dispuesto todo el tiempo a que las cosas cambien. Las cosas que parecían de una manera, de repente son de otra. Los cambios no son tragedias. Y esa transformación, aunque suponga un momento de crisis, incluso de tristeza, de pronto pueda adoptar otra forma que sea la que necesita adoptar en ese momento. En este espectáculo que plantea esa necesidad de arder para resurgir, habla un poco de eso, de que las cosas no tienen porqué ser como uno imaginaba, que pueden ser de otra manera y esa manera no tiene porqué ser mala. La vida es más flexible que todo eso y hay que aceptar los cambios, las transformaciones.

TM.- Vuelve sobre la idea de vivir en la pregunta, ¿no? Es lo que te ayuda a evolucionar y modificarte.

CG.- Permitirse la incertidumbre. El no saber la respuesta es fundamental para la creación, incluso cuando has hallado respuestas poder permitirte dudar de ellas. También sucede cuando las cosas parecen que funcionan. Ya lo dice Donnellan en ‘El actor y la diana’, que cuando uno puede dar un nombre a las cosas es porque eso ya está muerto, ya no tiene potencialidad y nuestro trabajo es abrir todas las potencialidades lo máximo posible.

TM.- Hablando de creación, ahora muchos se quejan de cierto estancamiento y otros hablan de un panorama vibrante, ¿cómo percibes tú el momento actual para el teatro?

CG.- Hay gente muy vibrante y diversa. El trabajo de resistencia que ha hecho el mundo de lo alternativo, el Off, durante estos últimos años, ha permitido la supervivencia de un ecosistema muy diverso, que es lo que mola, que no hagamos todos lo mismo, que hagamos cosas diferentes, que te pueda interesar mas o menos, pero que todo tenga cabida y acercarse cada vez a círculos de público más amplios. No podemos hacer siempre teatro para nosotros mismos, esa siempre ha sido una batalla, cómo desde el off lograr hacer un teatro que no sea profundamente endogámico, porque estamos haciéndolo y viéndonos los mismos. Yo creo que un centro como Conde Duque está peleando esta batalla, claramente. Está intentando ser un centro de creación contemporánea para la ciudad de Madrid, hay una voluntad de transformación social muy grande, de abrirse a la ciudadanía, posibilitar la opción de una persona que nunca se acercaría una sala de teatro alternativo pueda acceder a materiales contemporáneos. Ojalá podamos contribuir nosotros a eso como artistas asociados a eso, es super emocionante.

Pero me voy a poner un poco lorquiana, ya que venimos de Sin título. Para mí fue un descubriendo la dimensión crítica de Lorca con respecto al teatro de su tiempo. Si lees las entrevistas que concedía y como hablaba de la distancia de lo que era el arte y la creación y el mercado, cómo los imperativos del mercado hacían imposible la creación tal y como él la entendía. Tiene una actitud realmente punky y muy sorprendente, yo no la identificaba con la imagen del Lorca que tenia hasta ese momento. Creo que ese diagnóstico, las contradicciones entre el mercado y la creación son las que pueden hacer que eso que vibra, que bulle, se convierta en algo que está más estancado y establecido. Todo lo que se vende viene plastificado, limpio, higiénico, mensurable, pesa lo que pesa y es exactamente como tiene que ser. Y pasa un poco lo mismo con la creación, la necesidad de que la creación responda a estándares comerciales, en cuanto a las necesidades del mercado, creo que es lo que a veces sofoca esa vibración, pero que yo creo que está. Vivimos en un momento con gente super interesante. Nosotros estamos en contacto con gente muy joven por el trabajo de formación que hacemos, que lo tienen clarísimo y están haciendo cosas maravillosas.

Eso no quiere decir que haya un teatro bueno ni malo, ni quiero decir que la creación tenga que estar alejada del publico ¡para nada! Al final es un poco lo que venimos diciendo, la voluntad de querer encasillar las cosas, de poder nombrarlo todo, etiquetarlo para poder venderlo, pero creo que es una contradicción que vive cualquier forma artística. Uno quiere llegar a la gente, pero para llegar uno tiene que pasar por ahí, por esos estándares del mercado.

TM.- ¿Qué te parece si finalizamos la entrevista diciendo qué es lo que te gustaría que ardiera?

CG.- ¡Quemaría la pena! Esa necesidad de estar tristes. Vivimos un momento especialmente propenso a la pena. Estamos exponiendo constantemente nuestra pena en redes, nuestras quejas. Somos propensos a ofendernos, a sentir que se nos está humillando, que no se nos está proporcionando lo que nos merecemos.

La obra habla de cómo vivimos las tragedias personales, con una intensidad que no nos deja ver las cosas con perspectiva, hay una reivindicación de la alegría, del júbilo, de la diversión. A lo mejor, si quemas eso, puedes encontrar una diversión detrás.

En realidad, es un poco la esencia del mundo de las hogueras de San Juan; uno arma hogueras para quemar lo que le pesa y divertirse saltando por encima del fuego y disfrutar del riesgo de la vulnerabilidad.

José Antonio Alba / @joseaalba

Fotos Álvaro López © CONDE DUQUE

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