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Lucía Carballal: «Para las mujeres sigue siendo especialmente complicado, seguimos siendo minoría en las carteleras de los teatros»

15 noviembre 2019
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Normalmente la figura del dramaturgo o la dramaturga es el menos conocido para el gran público, a no ser que hablemos de grandes clásicos, sin embargo, nuestro país goza de muy buena salud en cuanto a la dramaturgia contemporánea, poseemos grandes nombres que cada vez despuntan con mayor fuerza y sus trabajos comienzan a verse con mayor frecuencia en los grandes teatros. Uno de esos nombres es el de Lucía Carballal, autora que cuenta entre sus obras con títulos como Mejor historia que la nuestra con el que optó al Premio Calderón de la Barca, Una vida americana, Los temporales o A España no la va a conocer ni la madre que la parió, con los que ha sido finalista a los Premio MAX, o más recientemente La Resistencia que pudimos ver la temporada pasada en los Teatros del Canal. Pero la carrera de esta escritora madrileña no se queda ahí, actualmente también trabaja como guionista de series tan aplaudidas comoVis a vis.

Hemos querido conversar con Lucía para que nos descubriera cómo vive ella la situación de la dramaturgia contemporánea en nuestro país, cómo es el día a día en su trabajo y nos hablara de Las Bárbaras, el último de sus textos estrenados, que podemos ver en el Centro Dramático Nacional dirigido por Carol López, que ha contado con Amparo Fernández, Mona Martínez, Ana Wagener y María Rodés en su reparto. Un historia que aborda temas como la amistad, la madurez, los diferentes puntos de vista del feminismo y, sobre todo, quiénes somos y quiénes nos hubiera gustado ser.

Teatro Madrid.- Dentro de los dramaturgos y dramaturgas contemporáneas, estás recuperando el protagonismo de las actrices maduras, normalmente relegadas a roles secundarios, dándoles voz y peso dentro de la actualidad teatral, ¿ha sido algo premeditado? ¿qué te ha llevado a centrar tus últimas obras en esta franja de edad?

Lucía Carballal.- Bueno, hay varios motivos. Por un lado me llamaba la atención que no hubiera más textos para actrices a partir de los 45-50 años y al mismo tiempo, esa es la edad de una buena parte de los espectadores. Hay un perfil de espectadora que es el que está sosteniendo nuestro sistema cultural y pensaba que era injusto que esa franja de edad no estuviese representada en nuestras ficciones. Eso por un lado, y por otro, es una generación de mujeres que me interesa, que es la generación de mi madre, entorno a los 60 años, pienso que es una generación fascinante, por todos los retos que han asumido, por cómo han transformado el papel de la mujer en este país a través de sus decisiones y de sus vidas, y al mismo tiempo pienso que no está muy tratado cuál es la mirada de esas mujeres sobre mi generación.

TM.- Aunque en esta obra, las tres protagonistas son de la misma edad, se establece un diálogo intergeneracional, como ya veníamos viendo en tus últimas propuestas. ¿Cómo crees que reciben las diferentes generaciones este texto?

LC.- Durante un tiempo del proceso de escritura, tuve el miedo de que las mujeres de mi edad no se sintiesen del todo identificadas, pero después me he dado cuenta que es una obra que sí que interpela a la generación más joven porque realmente tienen mucho que verse en esas mujeres, a pesar de la diferencia de edad. También he de decir que no es una función exclusivamente femenina; interpela a espectadores masculinos, femeninos y de muchas edades porque se pueden sentir reflejados en muchas cosas de las que se hablan, al fin y al cabo la función habla de decisiones que tomamos en la vida, en la posibilidad de vivir sin contradecirnos, a tomar decisiones que jamás pensaste que tomarías y la obra invita a hacer esa reflexión sobre las decisiones tomadas, las renuncias, y sobre qué vemos cuando nos miramos al espejo.

TM.- ¿Cuáles son los temas fundamentales que plantea ‘Las Bárbaras’?

LC.- Creo que la función plantea juegos diferentes para el espectador. Por un lado plantea juegos de identificación, por otro defiende las posturas de los personajes, aunque no sean “mainstream”. También hay un ejercicio de humanización, o al menos eso intento, de presentar personajes que quizá en la vida no son muy hábiles o no han sabido gestionar determinadas situaciones, como por ejemplo el personaje de Encarna que, de alguna manera, intenta ser más hábil o mas moderna de lo que en realidad es. Son personajes que están en permanente conflicto con las personas que les gustaría ser y las que realmente son.

Lo que se pretende todo el rato es reflejar tres maneras de entender la vida, de enfrentarse al trabajo, tres maneras de enfrentarse a la maternidad, de dar una visión lo más poliédrica y lo más plural posible.

TM.- ¿Podría decirse que es una crítica a ciertas maneras de entender el feminismo desde la propia mirada femenina?

LC.- Sí, aunque yo diría que lo que hay es un intento de pluralidad de miradas hacia el feminismo desde la propia mirada feminista. Es decir, los tres personajes son feministas, incluso diría que los cuatro personajes son feministas, porque también está el personaje de Bárbara, pero lo son de maneras distintas, con matices distintos entre unas y otras, con puntos de vista distintos, pero las cuatro los son porque las cuatro han tenido que enfrentarse a la dificultad de ser mujeres, han tenido que lidiar con la conciliación, han tenido que enfrentarse al mundo en el que vivimos, pero tienen discrepancias entre ellas y la función aborda esas discrepancias.

Mi gran propósito era que el espectador pudiera identificarse con todos los personajes y a la vez contradecirles. El espectador está siendo constantemente invitado a construir activamente reacción y pensamiento frente a todo lo que se está diciendo ahí. Y de una manera muy consciente, juego a colocarle en posiciones con las que a priori no se identificaría, llevándole a ese ejercicio que es intentar entender el punto de vista del otro, que el teatro permite, y que no solemos hacer en la vida real. Y todo eso atravesado por el humor, todas estas cuestiones profundamente humanas están pasadas por el filtro del humor y la ironía como diciendo: “Vamos a intentar reírnos de nuestros momentos más bajos y de nuestras ideas más peregrinas”.

TM.- ¿Por qué ‘Las Bárbaras’ del título?

LC.- Las Bárbaras se refiere a este personaje ausente, al más joven. Las tres protagonistas están profundamente marcadas por su relación con Bárbara. Y, por otro lado, pensaba en la polisemia de la propia palabra que puede remitir a los barbaros, a los extranjeros, en el sentido de que ellas son extranjeras en su propia vida, mujeres que en la obra están mirándose desde fuera, y «lo bárbaro» lleva también a pensar en algo fantástico. Ellas son maravillosas a su manera, todo eso está dentro de la propia palabra.

TM.- ¿La música ya estaba presente dentro del original que escribiste o ha surgido en el proceso de la puesta en marcha?

LC.- En el texto yo propongo que haya una cantante en el hotel, que su presencia nos haga pensar en Bárbara y que cante canciones de los 70. Es un poco dar un vinculo entre generaciones a través de la música. Creo que la música tiene ese capacidad de acercarnos a situaciones y épocas que no son las nuestras. Creo que es un gran vehículo de la emoción. De hecho escuchar en mi adolescencia canciones de esa época me ha acercado mucho a la generación de mis padres y me ha hecho imaginar muchas cosas de las que vivieron, y pensaba que ese efecto se podía producir en la obra. La directora, Carol López y María Rodés eligieron la temas y cómo serían las versiones.

TM.- Si echamos un vistazo a la generación de dramaturgos y dramaturgas actuales, la gran mayoría estáis muy involucrados en los procesos de ensayos ¿Sueles formar parte del proceso creativo de los espectáculos o te quedas al margen? ¿Cómo ha sido con Las Bárbaras?

LC.- Sí y no, he ido visitando los ensayos, he hablado con la directora, pero tampoco ha sido un diálogo exhaustivo, pero independientemente de que no haya ido a todos los ensayos, ha habido una armonía y un diálogo con la propia producción.

Yo creo que el modelo de autor que entrega su texto y se desentiende cada vez es menos frecuente, porque los autores buscamos una conexión con la propuesta, buscamos identificarnos más con la producción, cada vez me doy mas cuenta de que es importante identificarte con la propuesta, con los actores que interpretan tus textos, no somos quienes eligen a los actores, pero cada vez estamos más integrados en esas decisiones.

Es un reto porque es difícil encontrar un equilibrio entre formar parte de una producción como autor y al mismo tiempo, algo que para mí es muy importante, que las personas implicadas sientan la autonomía absoluta de su trabajo. Que sientan que toman sus decisiones. Es decir, estás contando una cosa junto a tu director y la estamos contando juntos, no es que el texto está contando una cosa y la dirección otra. Esa es mi visión de cómo trabajar, mi ideal es encontrar una mirada en común con el director, aun sabiendo que puede haber discrepancias, porque las discrepancias son las que realmente enriquecen el trabajo final.

TM.- ¿Y a ti, Lucía, no te ha picado el gusanillo de la dirección?

LC.- Es algo que creo que sí haré, lo que pasa que estoy metida en tantos proyectos como escritora que nunca encuentro el momento. Pero también es verdad que disfruto mucho dejando que otros aporten su visión sobre el texto.

TM.- Hablando de todos los procesos de escritura en los que te encuentras inmersa. No solo escribes para teatro, además andas detrás, por ejemplo, de los guiones de Vis a Vis, ¿cómo repartes esta dualidad? ¿Desde dónde creas cuando haces teatro y desde dónde cuando es para televisión?

LC.- Me incorporé al audiovisual viniendo con una cabeza muy teatral, con una técnica muy teatral, estudié un master de guión de cine que me ayudó a hacer un poco la transición… (En ese momento Lucía se queda callada y reanuda la charla con entusiasmo, iluminada por el hallazgo de una idea) ¡La transición suena genial! Porque es casi un cambio de género. ¡Es como encontrar otra identidad! (A través del teléfono se nota su sonrisa entre satisfecha y divertida) Fue muy interesante, un reto. La escritura de audiovisual tiene otra técnica que hay que aprender, para la cual el teatro es muy útil, es decir, el 90% de lo que sabia de teatro me ha servido, pero hay otra parte que tienes que quitarte de encima. Pero sí que es muy útil, de hecho el origen de la narración es el teatro, es la cuna del arte de contar historias, casi todo está ya en la dramaturgia. Pero durante estos dos años y pico he estado compaginando la televisión y el teatro y eso, además de ser muy exigente en cuanto a la organización de los horarios, exige contarte desde otro sitio. La escritura audiovisual es un trabajo en equipo en el que cuenta menos la autoría, la firma, mientras que en la escritura teatral, para bien y para mal, eres el único y verdadero responsable del texto. Hay muchas diferencias, pero para mi la televisión ha abierto una puerta en mi cabeza, me divierte muchísimo, me apetece seguir haciéndolo, pero también sé que siempre seguiré escribiendo teatro. Si tengo algo claro es que soy dramaturga, nunca dejaré de escribir teatro, es lo que soy por encima de todo.

TM.- ¿Cuál crees que es la situación de la dramaturgia en nuestro país?

LC.- Es un momento interesante. Cada vez está habiendo más oportunidades para los autores jóvenes, emergentes o como lo queramos llamar. Creo que es un momento en el que nos hace falta más consolidación del talento emergente, que realmente terminemos de ocupar las salas más grandes, que sea más fácil que giremos o que los mejores profesionales crean en nuestros textos. Creo que ya hay textos de gran calidad para recibir las mejores oportunidades, como ya está pasando en algunos casos, hay figuras muy consolidadas como Alberto Conejero, Guillem Clua, Paco Bezerra o Pablo Remón que están en un lugar en el que ya se les puede considerar figuras consolidadas. Ojalá ese espacio se abra cada vez más y lo pueda compartir más gente.

Me gustaría remarcar que para las mujeres sigue siendo especialmente complicado, hay estadísticas que demuestran que seguimos siendo minoría en las carteleras de los teatro, en recepción de galardones, de premios y de ayudas y ese es un trabajo que tenemos que seguir haciendo. Solo puedo pedir que cada vez tengamos más opciones de mostrar nuestros trabajos en las salas grandes de los teatros públicos, que se terminen de dar pasos en favor de la igualdad real en todos esos contextos en los que todavía queda trabajo por hacer y espacios a los que hay que terminar de conquistar.

TM.- Lucía, ¿a qué otras dramaturgas contemporáneas no debemos perderles la pista?

LC.- A Carolina África, Denise Despeyroux, Lola Blasco o María Velasco, son cuatro dramaturgas fantásticas. Nunca es mal momento para redescubrir también el trabajo de autoras fundamentales de la dramaturgia contemporánea como son Paloma Pedrero o Yolanda García Serrano que ha sido Premio Nacional de Literatura Dramática o Angélica Liddell, aunque a mí me cuesta catalogarla exclusivamente como dramaturga, es más una artista total, pero valorando solo su escritura, que es una parte de su trabajo, es una de las más potentes que tenemos ahora mismo, sino la que más.

José Antonio Alba / @joseaalba

Fotos de escena marcosGpunto

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