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Take off (Nada de esto tenía que haber ocurrido)

Adentrarse en un accidente para hacernos mejores

A partir de 15,00€
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Luna Paredes
Una opinión de Luna Paredes
08/11/2026 · Nave 10 Matadero

Take off (Nada de esto tuvo que haber ocurrido) es un despliegue de talento, rigor, investigación, emoción y amor ya no solo por el teatro, sino por la humanidad.

Podría terminar la recomendación aquí. Pero no. Voy a explicar estas palabras para que se entienda cada capa que las sustenta. Porque las cosas tienen muchas capas, y eso es lo que Jose Padilla trata de enseñarnos con este espectáculo que escribe y dirige. Que lo que sucede, lo que acontece, siempre forma parte de un sistema: responde a algo previo y acciona algo posterior. Y tratar de entender ese mecanismo permite que nos comprendamos mejor.

Take off es la historia de un accidente. Concretamente, del accidente que tuvo lugar en el aeropuerto de Los Rodeos, en Tenerife, el 27 de marzo de 1977. Un avión chocó contra otro al despegar, y el resultado dejó una cifra terrible de víctimas: 583 personas murieron. El peor accidente aéreo de la historia.

Padilla ha dedicado horas y horas a documentarse y estudiar las causas de este accidente. Horas. De ello dan fe todos los datos que pone sobre la mesa, las imágenes que acompañan a las palabras y, por supuesto, las innumerables referencias a lo que estaba sucediendo histórica y culturalmente en ese momento. La labor documental es abrumadora, pero no serviría de mucho si no estuviera bien contada. Y lo está. El texto explica lo que sucedió y lo hace con información real. Da distintos puntos de vista. Juega con el tiempo y el espacio. Viaja desde el terreno político hasta el empresarial y se detiene en lo íntimo, en lo humano. No se deja nada por estudiar para responder a la pregunta que sustenta la obra: «¿De qué está hecho un accidente?».

Repetido como un mantra, como un leitmotiv, como el riff de una buena canción, estas palabras suenan una y otra vez, como engranajes del mecanismo dramatúrgico que acciona el autor. Cada vez que se escucha esta pregunta, se abre una puerta a un nuevo lugar desde el que presenciar los hechos. Cada vez que alguien formula esta pregunta, una nueva capa va a ir analizándose para que podamos comprenderla. Porque las espectadoras, los espectadores, ejercemos de testigos, de investigadores y de jueces, como Padilla. Él sabe que el teatro no aparece para dejarnos indiferentes y nos da la mano para acompañarnos por cada nuevo descubrimiento que pone en juego. Lo hace con un manejo perfecto de poesía, de rigor, de emoción y de humor. No permite que nos alejemos de la historia porque sabe combinar perfectamente todas las herramientas teatrales, poéticas, audiovisuales y emocionales. Como un titiritero, mueve los hilos precisos para mantenernos en vilo, nos deja descansar con una carcajada, nos asombra con un nuevo dato y nos retuerce las vísceras.

Lo hace él, sí, pero lo hace su equipo. Todo su equipo. El espacio escénico de Edu Moreno es sugerente y efectivo: un lugar aséptico, un lugar-no lugar que va transformándose a medida que la historia de humaniza. Para ejecutar esos cambios es imprescindible la iluminación de Pau Fullana. El vestuario de Vanessa Actif, las audiovisuales de Joan Rodón y Emilio Valenzuela y el movimiento de Paula Quintana configuran un universo (¿solo uno?) en el que lo corporal se hace memoria y la memoria se afirma como presente. Y, por supuesto, debo mencionar el espacio sonoro de José Pablo Polo, porque es sencillamente apabullante. Acompaña a cada escena para marcar el ritmo no solo de lo que se dice, sino de lo que siente. Genera un clímax constante de magia y tensión. Abofetea por su realismo. Y no da tregua en ningún momento. Creo que este espectáculo no podría funcionar tan bien si el espacio sonoro hubiera sido otro.

Si hay algo imprescindible en teatro, esos son los cuerpos que lo ponen en pie. Y Padilla no podía haber contado con un elenco mejor. Almudena Puyo, Carlota Gaviño, Kevin de la Rosa y Lucía Trentini conforman un equipo admirable. Sí, admirable, del verbo admirar, ‘ver, contemplar o considerar con estima o agrado especiales a alguien o algo que llaman la atención por cualidades juzgadas como extraordinarias’. Son extraordinaries (sí, con -e). Cercanas, divertides, contuntentes, radicales, generosos, vulnerables, poéticos, precisas. Son extraordinaries (sí, con -e, porque en un montaje que cuida tanto las palabras, qué menos que cuidarlas para hablar de su elenco). Lo que hacen es admirable.

El teatro siempre dialoga con el presente. Y este espectáculo lo ejemplifica de modo singular: su estreno en Nave 10 Matadero llega pocos días después del fatídico accidente ferroviario de Urda. Hablar de un accidente de 1977 viviendo un accidente en 2026 es duro. Las palabras de Padilla, encarnadas por este elenco, tienen un eco muy doloroso. Y, sin embargo, qué alivio es escucharlas. Entender que un accidente está hecho de personas, de decisiones, de equívocos, de un sistema que debemos reformularnos. Y que un accidente, sobre todo, tiene que permitirnos aprender. Para mejorar. Para reaccionar.

Take off es un despliegue de talento, de rigor, de emoción y de amor. Y asistir a este despliegue nos permite entender por qué seguimos haciendo teatro. Por qué es importante el arte. Por qué es necesario juntarnos. Salir del teatro pensando que el desastre puede contarse no es poca cosa. Y Padilla logra acercarnos al desastre para mirarlo de frente y hacernos mejores.

Id a verlo.

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