VULNERABILIDAD, MASCULINIDAD Y CONTRADICCIONES EN UNA HISTORIA QUE DESDIBUJA LA FRONTERA ENTRE VÍCTIMA Y AGRESOR

David Selvas: «La risa no borra el sufrimiento, sino que nos permite entrar en él»

El director de 'Mi reno de peluche', que llega al Teatro Infanta Isabel de Madrid, concede esta entrevista en exclusiva a Teatro Madrid

¿Qué nos incomoda más de una historia de acoso: la violencia o la dificultad para distinguir entre víctima y agresor? Mi reno de peluche, el fenómeno internacional creado por Richard Gadd, llega ahora al Teatro Infanta Isabel de Madrid, para explorar la vulnerabilidad, la vergüenza y la obsesión, y cuestiona los límites entre la compasión y el rechazo.

Antes de convertirse en una exitosa serie de Netflix, Mi reno de peluche nació como un monólogo de stand-up en el que Gadd abordaba, desde el humor, sus fracasos profesionales y una experiencia de acoso. Tras triunfar en el Festival Fringe de Edimburgo, la historia dio el salto a la pantalla y se convirtió en un fenómeno global.

Ahora, el monólogo llega a los escenarios bajo la dirección de David Selvas y con Raúl Prieto como protagonista. Hablamos con Selvas sobre la fragilidad, los mandatos de la masculinidad y el reto de representar a un personaje que despierta empatía y rechazo sin reducir sus contradicciones a un juicio moral.

Imagen de Raúl Prieto en Mi reno de peluche.

Imagen de Raúl Prieto en ‘Mi reno de peluche’.

¿Hasta qué punto Mi reno de peluche transforma la experiencia autobiográfica en un ejercicio de autocomprensión, y cómo conviven en ella el dolor y el humor?

Lo que me parece especialmente interesante es que el personaje articula verbalmente todo ese proceso. El monólogo va mucho más allá de la serie: es una apertura en canal del personaje, pero también de Richard Gadd, el actor y creador que hay detrás. Vida, interpretación y representación se confunden constantemente, sin que eso signifique que el autor y el personaje sean exactamente la misma persona.

Es casi una disección de la propia intimidad, un ejercicio de psicoanálisis ante el público. Gadd no se limita a explicarse, sino que construye un personaje que intenta comprenderse a través del relato de su experiencia.

Lo más interesante es que todo adopta una forma cómica. Gadd convierte su vida, sus miserias y sus contradicciones en material de stand-up. El humor no borra el sufrimiento, sino que se convierte en la manera de exponerlo y darle sentido.

Además, la serie cuestiona los mandatos de la masculinidad, especialmente la exigencia de fortaleza, autonomía y dominio emocional. La fragilidad del protagonista pone en duda la idea de que un hombre deba ser siempre seguro y autosuficiente.

¿Cómo puede la necesidad de encajar socialmente llevarnos a ocultar partes de nosotros mismos y a actuar en contra de lo que realmente sentimos?

En el caso de Gadd, esto se manifiesta en su relación con una mujer trans. Sus inseguridades y la necesidad de reafirmar su heterosexualidad ante los demás condicionan la manera en que se relaciona con ella. A menudo participa en situaciones que la ridiculizan porque necesita demostrar que encaja en los patrones de masculinidad y heterosexualidad socialmente aceptados.

No se trata simplemente de juzgarlo, sino de entender qué revelan esas actitudes sobre sus contradicciones, sus miedos y su necesidad de encajar.

¿Qué has hecho para preservar la autonomía del lenguaje teatral frente al imaginario de la serie?

Por un lado, está la curiosidad del público: cuando has visto una historia en un formato, quieres descubrir cómo funciona en otro. Pero, por otro, lo que llega al teatro es esencialmente lo mismo, con una cercanía y una inmediatez que transforman la experiencia.

El sufrimiento, el análisis de uno mismo y la exploración de la intimidad adquieren otra dimensión cuando los tienes delante. Ves a alguien que intenta ser valiente, que lucha contra sí mismo y que quiere entender qué le pasa para convertirse en una persona mejor.

En el teatro no solo observas el sufrimiento del personaje: lo compartes con el actor, que se expone ante ti sin la mediación de la cámara. Eso convierte la historia en una experiencia más física, inmediata y emocional.

¿Cómo habéis trabajado la vulnerabilidad del personaje para mostrarla con honestidad y crudeza, sin caer en el sentimentalismo ni buscar la complicidad fácil del público?

Gadd es muy consciente del material que tiene entre manos y de cómo hacerlo funcionar sobre el escenario. La pregunta es cómo puedes exponerte hasta unos límites tan extremos y ser tan crudo contigo mismo ante el público.

Por eso tratamos el monólogo como un espectáculo de stand-up que el propio personaje pone en marcha. Los mecanismos escénicos y visuales acompañan el relato, le dan ritmo y lo transforman en una experiencia teatral.

El contrapunto cómico es fundamental para evitar que el relato quede atrapado en el dramatismo. No debemos olvidar que, en el fondo, él quiere hacer reír. Incluso cuando cuenta sus miserias y los episodios más dolorosos, sigue buscando la complicidad del público.

El contrapunto cómico es fundamental para evitar que el relato quede atrapado en el dramatismo.

¿Qué exigencias plantea este personaje a Raúl Prieto, tanto desde el punto de vista interpretativo como emocional?

Ser capaz de abrirse en canal de esta manera y tener ganas de hacerlo es una de las grandes exigencias de la interpretación. Sostener un espectáculo como este es una maravilla y, al mismo tiempo, un reto enorme.

Raúl Prieto tiene que interpretar a siete personajes, mujeres y hombres de distintas edades, algunos de los cuales pueden resultar repugnantes. Tiene que hacerlo todo él, consiguiendo que el público entienda el relato y se ría. El texto permite desplegar todos esos registros y transitar entre lo patético, el dolor y la comicidad.

¿Dónde está la frontera entre hacer visible el dolor y convertirlo en espectáculo?

Su dolor ya forma parte del espectáculo. Pero hay una diferencia entre exponer el sufrimiento para conmover al público y hacerlo como lo hace Gadd: para que nos riamos, para que nos riamos de él, para que nos identifiquemos con él y, al mismo tiempo, nos sintamos incómodos.

Lo pone todo sobre la mesa y lo convierte en material cómico. La risa no sirve para esquivar el sufrimiento, sino para entrar en él.

Así, Gadd cuestiona las convenciones sobre cómo debe contarse una experiencia traumática. No hace falta presentarse como una víctima ejemplar ni buscar la compasión de los demás. Se puede hablar del dolor desde el humor y desde la propia miseria, haciendo que el público se ría mientras se ve obligado a pensar en lo que hay detrás de esa risa.

¿Cómo se puede comprender la complejidad del protagonista sin someterlo a un juicio moral?

Lo más interesante del monólogo es que Gadd no se presenta únicamente como una víctima, sino que también intenta reconocer su responsabilidad en lo ocurrido. No niega que ella hiciera cosas malas, pero se pregunta hasta qué punto sus actitudes, ambigüedades y necesidad de afirmarse ante los demás contribuyeron a alimentar aquella dinámica.

Eso no significa que sea responsable del acoso que sufrió ni que los problemas de salud mental de ella justifiquen sus acciones. Significa que asume la parte de responsabilidad que le corresponde en la manera en que gestionó sus inseguridades.

El monólogo se convierte así en una advertencia sobre lo que puede ocurrir cuando nos alejamos de nosotros mismos para encajar, cuando intentamos ser quienes creemos que los demás quieren que seamos y acabamos utilizando a las personas de nuestro entorno para sostener esa ficción. A veces, el daño nace del miedo, la vergüenza y la incapacidad de afrontar quiénes somos.

El monólogo se convierte en una advertencia sobre lo que puede ocurrir cuando nos alejamos de nosotros mismos para encajar.

¿Qué revela la historia sobre nuestras expectativas respecto a las víctimas de la violencia?

Gadd da la vuelta al punto de vista desde el que estamos acostumbrados a interpretar la violencia. Que sea una mujer quien ejerce violencia sobre un hombre nos coloca en una posición incómoda y nos obliga a revisar nuestros marcos de lectura.

Pero es precisamente ahí donde Gadd realiza una operación interesante: desplaza el foco de la violencia que sufre hacia su propia responsabilidad en esa relación. No niega el acoso ni el sufrimiento, pero nos obliga a mirar qué pasó entre ambos.

Creo que eso también explica por qué la mujer no aparece físicamente en el monólogo. Gadd se sitúa en el centro del relato y asume su peso, sin convertirla necesariamente en la antagonista absoluta. Esto cuestiona la idea de que una víctima siempre debe reaccionar de una manera determinada y de que cualquier contradicción en su conducta pone en duda su sufrimiento.

¿Cómo cambia la percepción del sufrimiento cuando la víctima es un hombre?

Lo que hace Gadd es autocrítica en estado puro, desde un lugar muy incómodo: el de la cobardía. Nos muestra a alguien que no ha sido lo bastante valiente para afrontar lo que le ocurría y que se expone sin reservarse nada. Esa capacidad de mostrar su propia miseria es una de las cosas que hacen que el texto sea tan potente.

Gadd no se presenta como un hombre capaz de gestionar lo que le pasa de manera ejemplar. Nos muestra sus inseguridades y la dificultad de aceptarse. En ese sentido, el monólogo cuestiona una masculinidad que exige fortaleza, autonomía y dominio emocional, y que deja poco espacio para reconocer la vulnerabilidad o pedir ayuda.

¿Por qué cuesta reconocer a los hombres como víctimas de violencia sexual?

Hay estadísticas y estructuras de poder que condicionan la manera en que interpretamos estas situaciones. No podemos ignorar que la violencia sexual y de género afecta de manera desproporcionada a las mujeres, ni que los hombres gais y las personas que se alejan de las normas de género también están expuestos a formas específicas de violencia.

Reconocer que un hombre puede ser víctima no implica borrar las desigualdades estructurales, del mismo modo que reconocer la violencia contra las mujeres no debería impedir escuchar otras experiencias.

El problema aparece cuando la cautela se convierte en un prejuicio que impide legitimar el sufrimiento de alguien por el hecho de ser hombre. También cuando el reconocimiento de las víctimas masculinas se utiliza desde determinados discursos políticos para negar o relativizar la violencia machista. Son dos cuestiones distintas: reconocer que los hombres también pueden sufrir violencia sexual y negar las características estructurales de la violencia contra las mujeres.

Reconocer que un hombre puede ser víctima no implica borrar las desigualdades estructurales.

¿Cómo se puede comprender a un personaje sin justificar sus actos?

La fuerza de Gadd está en que se adentra de lleno en sus propias miserias desde el primer minuto. No te pide que lo justifiques ni que lo conviertas en una víctima inocente: él mismo expone sus contradicciones y su cobardía.

En la serie vemos a un personaje que sufre, que no sabe gestionar lo que le pasa y que, poco a poco, toma conciencia de sus propias dinámicas. El plano final es especialmente inquietante porque parece situarlo, aunque sea momentáneamente, en el lugar de quien acosa. La frontera entre víctima y agresor se vuelve más compleja de lo que querríamos admitir.

El teatro le permite reapropiarse de su historia, contarla con sus propias palabras y decidir cómo exponerla. Al convertirla en un relato escénico, Gadd transforma el dolor individual en una herramienta para pensar en cuestiones colectivas como la masculinidad, la vulnerabilidad, la salud mental, la vergüenza y la responsabilidad.

El teatro no borra el trauma, pero puede abrir un espacio para que la persona deje de ser solo objeto de lo que le ha ocurrido y recupere la capacidad de darle sentido.

¿Qué te gustaría que el espectador se llevara de la historia y de la manera en que Gadd se expone ante el público?

No sé si tiene que ser exactamente la misma mirada, ni creo que debamos intentar provocarla necesariamente. Pero sí pienso que la obra tiene una voluntad de sanación. La profundidad del texto nace de la necesidad de contar esta historia y, cuando una obra surge de una necesidad tan genuina, llega de otra manera al espectador: lo toca, lo interpela y lo emociona.

Esa voluntad también se dirige a quien escucha y puede reconocer en el relato la sensación de ser diferente, de no encajar o de haber ocultado partes de sí mismo por miedo al juicio de los demás. Hay algo muy poderoso en ver a alguien que se atreve a exponer esas partes vulnerables e incómodas sin renunciar al humor.

Sobre Mi reno de peluche en el Teatro Infanta Isabel de Madrid

Bajo la dirección de David Selvas y con Raúl Prieto como protagonista, Mi reno de peluche llega al Teatro Infanta Isabel de Madrid con una propuesta que combina humor y dolor para explorar el acoso, la vulnerabilidad, la vergüenza y las contradicciones de la masculinidad. La adaptación teatral del monólogo de Richard Gadd invita al público a mirar de frente una historia incómoda en la que la frontera entre víctima y agresor no resulta sencilla.

Consigue tus entradas para ver Mi reno de peluche en el Teatro Infanta Isabel de Madrid:

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