Un mundo gris que debemos iluminar
Laila Ripoll estrena la obra más poética de Lope, esa que anuncia el Romanticismo. El caballero de Olmedo, en las manos de la directora de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, no suena a fiesta barroca, sino que se entrelaza con una imaginería en la que el terror y el miedo se alzan como protagonistas.
Como ya contó Bea López aquí, la obra se enmarca en 1816, un año en el que invierno duró un año entero y el verano nunca llegó a aparecer. Un año sin verano, sin descanso, sin calor solo puede provocar pesadumbre a quienes lo habitaron. Y esa pesadumbre es la que carga sobre sus hombros Alonso, el caballero de Olmedo.
La puesta en escena de Ripoll es sobria, y la escenografía de Arturo Martín Burgos indice en líneas altas con un uso de telas y cortinas que no hacen sino remarcar un mundo en el que se oculta lo que se desea y el hombre se convierte en un ser diminuto ante la inmensidad del mundo. Las audiovisuales de Álvaro Luna inciden en el temor a la muerte que empequeñece las figuras humanas. La iluminación de Luis Perdiguero genera sombras que alteran el tamaño de los personajes. Un ambientación que incide en desvirtualizar al ser humano, como queda atestiguado gracias al espacio sonoro de David Roldán, Mariano Marín y de Raquel Moyano.
El caballero de Olmedo, en esta versión de Ripoll, por tanto, muestra un mundo oscuro, tenebroso, en el que el presagio de muerte es constante y en el que la luz apenas sí puede aparecer. Sin embargo, la luz aparece, y lo hace en dos personajes clave: doña Inés, encarnada por Elisabet Altube, y, sorprendentemente, el Rey, encarnado por Carlos Jiménez-Alfaro. Estos dos personajes se alzan como luces en un mundo de tinieblas.
Tinieblas que la Fabia de Arantxa Aranguren maneja con soltura y descaro, en las que cae el Tello de Toni Misó, tierno, divertido y absolutamente vulnerable. Y, por supuesto, el don Alonso de Víctor Sáinz, quejumbroso y roto a pesar de amar. El magnífico don Rodrigo de Jorge Varandela, profundamente visceral, aporta un vigor y fuerza al montaje, con un personaje despreciable que Varandela juega hasta el límite. El resto del elenco hace un trabajo preciso, riguroso, que mantiene la historia en esa cuerda floja entre la vida y la muerte, entre la pasión y la desesperanza.
Este caballero de Olmedo sumerge al espectador en un mundo inhóspito, en el que ni siquiera el amor el posible. Laila no da tregua y no permite que los personajes se esparzan en la alegría. Es un mundo gris, en el que las risas son breves y las esperanzas se truncan pronto. Un mundo a veces demasiado parecido al que vivimos fuera de escena. Un mundo del que somos responsables, y que debemos iluminar lejos de las sospechas, las envidias y los celos. Solo a nosotros, espectadores, testigos de lo que ocurre si nos dejamos embaucar por las sombras, corresponde esta labor.