EL TRABAJO DE LOS VESTUARISTAS

Vestirse de otro: el carnaval y el arte de la transformación en el teatro

Hablamos con varios profesionales sobre cómo es su oficio

El carnaval se acerca y las calles empiezan a vestirse de colores. Huele a diversión, a fiesta y a transgresión. Sí, el carnaval es un momento de transgresión absoluto: en estos días todo está permitido. O, al menos, así era en sus orígenes.

La palabra «carnaval» viene de la unión de las palabras carne y levare, ‘quitar’, que dieron lugar a la forma carnevale. La carne, en la cultura católica, se quita durante la Cuaresma: los católicos no pueden comer este alimento durante cuarenta días justo después de Carnaval. Y esa es precisamente la definición de la palabra, según la RAE: ‘los tres días que preceden al comienzo de la Cuaresma’. Es decir: antes de que nos metamos en ese periodo de penitencia, de ayuno, de abstinencia, la cultura católica permite tres días en los que se puede… pues eso… «comer carne». Valgan las comillas como resumen de todo lo que está permitido.

Los carnavales medievales era un despliegue de excesos en los que todo se aceptaba y eso se materializaba, concretamente, en los cambios de rol, asociados a los cambios de vestuario. El rico podía convertirse en pobre por unos días y vestir o actuar como él, y viceversa. Estos días de desfase servían para dar la vuelta al mundo tal y como se conocía. Para jugar a ser otro.

Hay pocas cosas más teatrales que el carnaval.

Esta fiesta, que hoy se celebra en el mundo entero (aunque el mundo entero mira a Brasil y concretamente a Río de Janeiro) y, por supuesto, en nuestro país (aunque nuestro país mira a Tenerife y a Cádiz como estandartes de estos días), ha sido siempre un momento de desparrame. Un momento en el que los límites se difuminan, las normas dejan de serlo y la gente celebra y se disfraza. Es decir, se ‘viste de máscara’ o cambia su apariencia para ‘que no sea conocido’, dice la Academia de la Lengua. Para que el carnaval funcione, por tanto, hace falta una máscara o un vestuario que nos haga travestirnos, convertirnos en irreconocibles.

Pocas profesiones son tan carnavalescas como la de los y las vestuaristas. Ellas y ellos son quienes posibilitan que los actores se conviertan, físicamente, en otros, gracias a los atuendos que imaginan, que esbozan, que diseñan, que incluso confeccionan. Por eso, para celebrar estos días carnavalescos, hemos querido hablar con varios vestuaristas, para que nos cuenten en qué consiste su oficio.

Son Sandra Espinosa (su último trabajo es Los nuestros), Nuria Martínez (Lady Anne), Berta Navas (Todas las casas), María Regidor (responsable del vestuario de Aladdin, el musical), Almudena Rodríguez Huertas (Natacha o La señorita de Trévelez) y Juan Sebastián Domínguez (Los gigantes de la montaña), y nos hablan de cómo es su profesión.

Figurines de 'Todas las casas'. Berta Navas

Figurines de ‘Todas las casas’. Berta Navas

El oficio del vestuarista

Cuando les pedimos que definan en qué consiste su trabajo, Nuria Martínez explica que su labor consiste en el «diseño, selección de prendas y la supervisión de la realización del vestuario». Un vestuarista, por tanto, debe diseñar y seleccionar las prendas para los actores. O, mejor, para los personajes, como define Almudena Rodríguez Huertas: «vestir personajes y dotarles de una identidad a través del traje». El vestuario nos ayuda a crear identidades, también en escena. Y, más concretamente, nos permite «dar forma corpórea al espacio donde habitan los personajes», en palabras de Juan Sebastián Domínguez. Un espacio escénico en el que sucede una historia concreta a unos personajes concretos. Por eso, Berta Navas explica que su profesión consiste en «reforzar, a través de la imagen, la información que queremos dar».

Cualquier obra teatral nos transporta a un universo único, y para que el espectador crea firmemente en esa historia, los personajes tienen que pertenecer a ese universo. La época, la clase social, la verosimilitud o el derroche de fantasía son elementos con los que los vestuaristas juegan a la hora de proponer sus diseños. Y, algunas veces, confeccionar esos atuendos no es tarea fácil. María Regidor nos explica que el vestuario de Aladdin se ha realizado entre dieciséis talleres de todo el mundo: «Tenemos tejidos de Venecia, de Perú, de Marruecos. Es muy artesano y una misma prenda puede combinar diferentes técnicas, como bordado a mano, patchwork, pintura y bordado de abalorios». Y nos desvela una curiosidad: «El pantalón que usa el Genio en Arabian Nights está confeccionado con tejidos que llevan otros personajes también: es un hilo conductor».

Imagen de Aladdín, el musical

Imagen de ‘Aladdín, el musical’

Para que los personajes aparezcan es necesario imaginarlos, así que les preguntamos si él y ellas esbozan los vestuarios en sus cabezas directamente cuando leen el texto, antes incluso de tener información sobre la puesta en escena. Juan da una respuesta afirmativa rotunda: «Sí, en general al mismo tiempo que voy leyendo, voy dibujando ideas, tomo notas… surgen las primeras siluetas». Almudena también responde que sí: «Me gusta leer los textos sin tener una idea preconcebida y me gusta dejar volar la imaginación». Berta confiesa que, más que en las prendas, suele pensar al inicio en los colores que podrían llevar los personajes.

Tras una posible primera idea individual y solitaria, todos aseguran que es fundamental el trabajo en equipo. Sandra Espinosa explica: «Generalmente yo comienzo mi proceso de diseño con la primera lectura del texto, que casi siempre va ligada a una conversación con la directora o director. Eso suele ocurrir meses antes de comenzar el proceso de ensayos». Berta apunta: «siempre espero a escuchar las directrices de la propuesta general que se quiere buscar, para ir alineada al resto de departamentos».

El trabajo en equipo

«Me encanta el momento de dialogar con quien dirigen la pieza y pensar cómo puedo traducir en formas y colores lo que quiere transmitir», dice Berta. «Es fundamental mantener un diálogo cercano con el director», afirma Nuria. Sandra especifica que, además de con dirección, ella se reúne «con el escenógrafo/a para conocer su idea para el espacio escénico. A partir de ahí comienzo a pensar en ideas un poco abstractas sobre el proyecto en general: ambiente, colores, luz, temperatura, conceptos psicológicos que se asocian a las imágenes…». Y nos confiesa que, «aunque no está muy bien, hago muchas fotos utilizando el zoom de la cámara del teléfono para hacer fotos a personas con las que me cruzo». ¡La inspiración puede estar donde menos lo esperamos!

Figurín de 'Los nuestros'. Sandra Espinosa. Ilustración digitalizada por Clara Martín

Figurín de ‘Los nuestros’. Sandra Espinosa. Ilustración digitalizada por Clara Martín

Mucho antes de que los actores lleguen a la sala de ensayos, un equipo de profesionales, encabezados por el director o la directora, ha estado dándole forma a las palabras de un texto para convertirlas en algo palpable. Almudena dice que normalmente, cuando empiezan los ensayos, ella ya tiene el vestuario diseñado y prácticamente en marcha. Y esto es así por necesidades de producción, porque los tiempos apremian. Pero cuando llegan los actores, también hay que adaptar las creaciones a ellos. Juan explica: «Durante el proceso para mí es fundamental ver el cuerpo del intérprete, cómo es su físico, como se mueve, oírle».

Lidiar con los actores: ¿fácil o difícil?

El actor es un ser vulnerable por definición: debe contar la historia tal y como la concibe un director, con la presión del espectador delante, y a veces lidiar con dudas sobre su trabajo o incluso sobre su apariencia. No es fácil subir a escena, y eso los vestuaristas lo saben; por eso todos destacan lo importante que es, para su trabajo, hablar con los intérpretes.

Lady Anne. Vestuario de Nuria Martínez

Lady Anne. Vestuario de Nuria Martínez

Dejamos aquí sus respuestas:

Sandra: Creo que es fundamental la comunicación con los actores y actrices durante todo el proceso, sobre todo durante las pruebas de vestuario. Ellos tienen mucha información sobre sus personajes que quizá yo no conozco aún y que es relevante. Me gusta escucharlos y me gusta cuando se sienten bien y cómodos con lo que llevan. Es cierto que en alguna ocasión ha habido personas más complicadas de vestir o que simplemente no dan la importancia que tiene a aquello que llevan puesto. En general, no es lo habitual. Y es muy gratificante ver lo agradecidos que están cuando se sienten apoyados y reforzados por el vestuario para hacer su trabajo y construir los personajes.

Nuria: Los actores y actrices suelen ser respetuosos con el trabajo y siempre aportan buenos detalles para mejorar el vestuario y para adaptarlo a sus necesidades en cuanto a la comodidad en escena.

Berta: Creo que hay que escuchar a los intérpretes, puesto que son quienes ponen el cuerpo y la acción. El vestuario tiene que ser cómodo y adecuado, y los actores tienen muchísima información valiosa sobre los personajes que seguramente te enriquezcan. Pero muchas veces no se respeta nuestro trabajo. Los y las que nos dedicamos a esta profesión tenemos unas herramientas que nos facilitan crear imágenes ricas y complejas.

Juan: En general, los actores, cuando son profesionales, saben que el vestuario escénico no es estilismo de moda. No diseñamos para poner en valor lo estético o la belleza de un cuerpo. Diseñamos para crear la personalidad de un personaje que vive en un texto. Y eso a veces implica que trabajemos con lo feo, lo grotesco, lo deforme… En ese sentido, los buenos actores son conscientes que cuando «los vistes» no es a ellos como actores, sino que estás creando la forma externa de ese personaje.

Almudena: Los actores son un material muy sensible para mí. Me gusta escuchar todo lo que tienen que aportar, busco su complicidad y suelo tenerla. Soy paciente y flexible: dos cualidades importantes en este oficio.

Figurines de 'La señorita de Trevélez'. Almudena Rodríguez Huertas

Figurines de ‘La señorita de Trevélez’. Almudena Rodríguez Huertas

El oficio de transformar

«Es muy bonito ver cómo a través del vestuario no solo se apoya una propuesta estética, sino que es parte indispensable del diseño de los personajes. Estos respiran, caminan, hablan, se mueven y actúan en función de aquello que llevan puesto. El vestuario conforma estos personajes y es fascinante observar los cambios sutiles que determinadas elecciones de vestuario provocan en la percepción que el público tiene de ellos y la cantidad de información que le revela», cuenta Sandra.

El carnaval tiene algo muy teatral, porque invita a que nos convirtamos en lo que no somos. Y eso es exactamente lo que hacen estos trabajadores, siempre pegados a una aguja, siempre pendientes de esa arruga que el actor no vio, siempre al acecho del tejido adecuado, siempre encontrando las combinaciones adecuadas para contar la historia. Siempre apostando por transformar el atuendo del actor para que sea otra cosa, otro yo. Por eso vinculamos este oficio con la idea del carnaval y del disfraz.

En escena no hay disfraces, sino vestuarios, que nadie se confunda. Sin embargo, no queremos dotar al disfraz de ninguna connotación negativa: es un artificio que hace que algo se convierta en otra cosa. «Creo que hay una diferencia enorme entre el disfraz y la creación de un vestuario para un personaje. El disfraz «oculta» a la persona que se esconde tras la máscara. En la mayoría de los proyectos en los que he trabajado, el vestuario refuerza las características que nos interesan», explica Sandra.

Y nos cuenta: «Creo que la vez que he visto una transformación más brutal de un personaje fue Pedro Casablanc cuando protagonizó Filoctetes en el Festival de Teatro Clásico de Mérida. Le vestí con harapos y llevaba rastas en la cabeza. Me inspiré en los sadhus que tanto me impresionaron años atrás en un viaje por India. La transformación fue bastante espectacular». Almudena recuerda Castrucho o Anfitrión como dos trabajos en los que las transformaciones eran destacables, y apunta: «Si la interpretación, ayudada por la caracterización, es realmente buena, aunque esta sea naturalista, el personaje predominará y el actor desaparecerá. Esto pasaba en Atra Bilis, de Micomicón, por ejemplo».

Juan recuerda El jardín de los cerezos que dirigió Ernesto Caballero para el CDN: «El personaje que interpretaba Isabel Dimas, a la que convertimos en el viejo criado de la casa; fue una gran transformación que vino de la mano del vestuario y la caracterización, y una gran actriz como Isabel lo elevó a un nivel espectacular». Berta dice que en Los sueños de Rupert «había un maestro de ceremonias que era un camaleón, un gato galáctico, un Jesucristo jamonero, un demonio, una especie de dios del ecologismo…».

Figurines de 'Los sueños de Rupert'. Berta Navas

Figurines de ‘Los sueños de Rupert’. Berta Navas

Y los vestuaristas… ¿se disfrazan en carnaval?

Ellos y ellas, que tanto saben, que tienen acceso privilegiado a la capacidad de convertir una idea en un vestuario, que saben cómo hacerlo y lo hacen bien… ¡No suelen disfrazarse!

Almudena afirma que no le gusta. Nuria recuerda que algún año sí se ha disfrazado, pero no es lo habitual. María dice que hace muchos años sí lo hacía: «Con los compañeros de trabajo, nos confeccionábamos nuestros disfraces e íbamos al Círculo de Bellas Artes». Berta no siempre se disfraza, aunque dice que le encanta.

Y Sandra, en estas fechas, se lleva el trabajo a su propia casa: «La verdad es que yo no me disfrazo casi nunca, ¡pero me encanta preparar el disfraz de carnaval para el desfile que hacen mis hijos en el colegio! Cada año lo preparamos en casa juntos. Ellos suelen tener bastante claro de qué quieren ir y yo les ayudo a materializar la idea. Reciclamos y recuperamos todo tipo de ropa y objetos que tenemos por casa. Me divierte mucho».

Los gigantes de la montaña. Vestuario de Juan Sebastián Domínguez

Los gigantes de la montaña. Vestuario de Juan Sebastián Domínguez

Solo a Juan se le dibuja un enorme en la cara: «Al ser de Cádiz, el carnaval forma parte de mi ADN, y el disfraz del carnaval gaditano, que allí se llama tipo y tiene unas peculiaridades especiales que lo diferencia de otro tipo de carnavales como el canario o el de Venecia».

Un oficio para disfrutar

Puede que los y las vestuaristas, en general, no necesiten los carnavales, porque ayudan a que el carnaval sea cada tarde en una sala de teatro. Ellos y ellas confeccionan prendas para soñar con ser lo que no somos, gracias a los cuerpos de los intérpretes. Y eso es lo que más destacan ellos de su propio trabajo: cómo, en equipo, logran crear espectáculos para que el público disfrute.

Nuria y Almudena dicen que lo mejor de su trabajo es el proceso de creación. Sandra revela: «Lo que más me gusta de mi trabajo es participar en una propuesta colectiva y ver cómo cada día los montajes crecen, las ideas se transforman, los proyectos cobran forman». María dice que siendo vestuarista «es imposible aburrirse, siempre hay situaciones que resolver. La cabeza siempre está activa».

Juan lo explica que lo que más disfruta de su oficio es «poder crear universos a partir de las palabras. El diseño de vestuario escénico te permite darle corporalidad a un texto». Berta concluye: «Creo que deberíamos trasladar más a menudo a la realidad el hecho mágico de poder transformarnos artesanalmente».

No hay mejor palabra: el trabajo de estas y estos profesionales es mágico, porque nos permite disfrutar, radicalmente, del teatro. Nos permite creer en la verosimilitud de la historia. Nos permite identificarnos con sus personajes. Es un trabajo mágico porque nos permite soñar que somos otros. Es un trabajo carnavalesco en su más pura esencia.

Figurines de 'Natacha'. Almudena Rodríguez Huertas

Figurines de ‘Natacha’. Almudena Rodríguez Huertas

PD.: Si quieren más diseños y más fotos para disfrutar del trabajo de estos vestuaristas, no se pierdan las páginas web de Sandra, de Berta, de Juan y de Almudena.

Escrito por

Hablo de teatro porque conozco bien sus tripas. Creadora de contenidos editoriales y redactora de la Revista Teatro Madrid.

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